VIII Graduación “Eusebio Leal Spengler”

Palabras pronunciadas por el Dr. Félix Julio Alfonso López en el acto de la VIII Graduación del Colegio.

20 de noviembre de 2020

Fotos: Néstor Martí

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Rectora Magnífica Dra. Miriam Nicado

Miembros del claustro

Estudiantes que hoy se gradúan

Invitados

 

El pasado 28 de octubre se cumplieron 14 años de la inauguración del Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana, hecho ocurrido en el año 2006 y que, al decir de su fundador y Maestro Mayor, el Historiador de la Ciudad Eusebio Leal Spengler era “un presente de la nación al Jefe de la Revolución, Comandante Fidel Castro, en su 80 cumpleaños”.

En dicha ocasión, Leal evocó sus encuentros con Fidel, en los que compartieron ideas para reparar el ultraje que había significado, para el patrimonio habanero y cubano, la demolición del antiguo convento de Santo Domingo. Como corolario de estas pláticas, el historiador solía recordar la frase de Fidel cuando, decidido el destino del nuevo edificio restaurado, le dijo: “Que se estudie allí lo que no se estudia en ninguna parte”.

Quiere decir que hemos entrado ya en el tiempo de nuestros primeros quince años de vida académica, y es momento propicio para rememorar la historia que nos trajo hasta aquí.

Recuerdo que fue en el año 2004, poco tiempo después de comenzar mi trabajo en la Oficina del Historiador, en el antiguo Palacio de Lombillo, cuya sede compartíamos la Oficina  de Eusebio, la Revista Opus Habana y el Plan Maestro, que le escuché hablar a la directora de este último, la Dra. Arquitecta Patricia Rodríguez Alomá, de la necesidad de contar con un Centro de Estudios en la Oficina, que se encargara de trasmitir los saberes prácticos, acumulados durante décadas en la gestión y restauración del patrimonio, y enseñarlos en un ámbito académico. Sabía además que Eusebio compartía con entusiasmo aquel sueño, que pronto sería una hermosa realidad.

Esa fue la génesis del Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana, que tomó cuerpo físico en el inmueble primorosamente restaurado, al que se devolvieron símbolos tan relevantes como la gran portada barroca de la calle Mercaderes o la torre campanario, donde otrora estuvo la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana, ubicada dentro del Convento de Santo Domingo, perteneciente a la orden de los Padres Predicadores.

Fui testigo de ambos nacimientos, el del Centro de Estudios, dirigido por el Dr. Arq. Alfonso Alfonso González y el del Colegio San Gerónimo, pues pude participar en una fase primaria de la concepción de la carrera de Licenciado en Preservación y Gestión del patrimonio Histórico-Cultural, y luego incorporarme como docente del mismo.

En aquel equipo de trabajo, liderado por la compañera Raida Mara Suárez, eficaz y sensible colaboradora de Leal, participaron un grupo de prestigiosos profesores de la Universidad de La Habana de las áreas de Humanidades, entre ellos la Dra. María del Carmen Barcia, el Dr. Alejandro García Álvarez, la Dra. Lourdes Domínguez, la Dra. Nilda Blanco y la Dra. Leonor Amaro. La Dra. Blanco, ya fallecida, y la Dra. Amaro, tuvieron la misión de conducir el Colegio en sus primeros años. También participó en la defensa de la carrera y se integró al claustro del Colegio la Dra. Diana Mondeja, quien durante todos estos años ha sumado su valiosa experiencia metodológica y docente, y se mantiene trabajando como la única de las fundadoras en activo.

Como dije al inicio, la fundación del Colegio Universitario fue un acto de reparación del agravio que significó la demolición del convento dominico durante la dictadura de Batista, y Eusebio siempre tuvo muy presente el valor de aquel símbolo, desde que muchos años atrás había conseguido que los  padres predicadores le transfirieran la custodia de la antigua campana de la iglesia, que fue colocada en la esquina de Obispo y Mercaderes, y donde cada 5 de enero se reunían un grupo de fieles para honrar la fundación de la antigua universidad.

Nuestro querido amigo fray Manuel Uña, siempre presente, ha recordado con emoción su  asistencia a aquel sencillo acto a inicios de la década de 1990, en compañía de Carlos Manuel de Céspedes García Menocal, el inolvidable Dr. Delio Carreras, historiador de la Alta Casa de Estudios y desde luego, el anfitrión y orador incomparable de aquellas jornadas: Eusebio Leal.

Con la excepción de fray Manuel, hoy todos ellos viven en otra dimensión del espíritu, y de manera particular Eusebio, quien seguirá viviendo en el recuerdo y la gratitud de los más de doscientos jóvenes, tanto del ámbito de la Oficina como fuera de ella, que han egresado de las aulas del Colegio en sus catorce años de fundado y ocho graduaciones. A ellos se unen otra numerosa cohorte que ha obtenido títulos de educación posgraduada en sus diferentes niveles.

Es muy notable el aporte que ha realizado el Colegio Universitario e instituciones muy cercanas a él, como el Gabinete Musical Esteban Salas, al crecimiento personal e intelectual de la fuerza de trabajo de la Oficina y de otros territorios, y en muchos casos sus graduados han pasado a ocupar tareas de dirección en sus respectivos centros laborales.

De esta manera, el conjunto de saberes interdisciplinarios acumulados durante todo este periodo, expresado en investigaciones, conferencias, talleres, simposios y coloquios, jornadas científicas y trabajos de diploma, constituye un riquísimo arsenal de cultura, en función de encontrar soluciones y mejores prácticas para el trabajo cotidiano en museos, galerías, bibliotecas, archivos, gabinetes de restauración, excavaciones arqueológicas y  lugares diversos para la  investigación del patrimonio histórico.

Significativamente, la primera graduación la efectuamos en este magnífico templo, sede del convento de San Francisco de Asís. Aquí fue donde los ocupantes ingleses celebraron la primera ceremonia masónica de la historia de Cuba; su iglesia era famosa por poseer la torre más alta de la ciudad colonial y sus servicios religiosos eran célebres por su música y solemnidad en el siglo XIX.

Un dato poco conocido, es que en la época colonial los monjes franciscanos utilizaron el convento como escuela de bachillerato, donde se daban clases de Gramática, Filosofía, Teología y Matemática. Hombres de la talla de fray Junípero Serra y san Francisco Solano estuvieron vinculados al convento; a éstos le sucedieron relevantes figuras de la ilustración cubana como el presbítero Félix Varela y el educador José de la Luz y Caballero.

Victima también, como el propio inmueble de Santo Domingo, de usos inapropiados a lo largo de los siglos XIX y XX, fue sucesivamente almacén, depósito, vivienda, dirección de comunicaciones, centro telegráfico y telefónico. Su restauración, concluida el 4 de octubre de 1994 fue, al decir de uno de sus protagonistas, el decano de los arquitectos restauradores cubanos, Dr. Daniel Taboada, un modelo de cooperación entre varias instituciones, lideradas por la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Igualmente debemos destacar en la ejecución de la obra la realización del trampantojo, sobre el muro del ábside trunco, de la autoría del arquitecto Juan Carlos Pérez Botello, profesor de la Escuela Taller Gaspar Melchor de Jovellanos, institución hermana de nuestra facultad.

Muy cerca de aquí, en el jardín cementerio del convento, está la tumba de Eusebio, cuyo simbolismo atraerá en el futuro a los peregrinos de todas partes del mundo, a rendir un tributo de admiración y respeto al artífice que condujo, durante más de medio siglo, la restauración de La Habana Vieja, Monumento Nacional y Patrimonio de la Humanidad. Su sepulcro está cubierto con la tierra sagrada de Jimaguayú, San Lorenzo, Dos Ríos, San Pedro y Birán, uniendo en un solo haz telúrico los símbolos supremos de los padres fundadores de la nación.

Nuestra querida amiga Magda Resik, que tan gentilmente hoy nos acompaña, recordaba en este mismo sitio, días atrás, otros emblemas presentes en esta sala: el lugar donde falleció un joven de la Empresa de Monumentos, que debía estar siempre, a petición de Leal, con un ramo de flores; y la presencia de Fidel en el templo, captado en una espléndida fotografía que lo muestra, de pie y meditativo, debajo del cristo crucificado y enfrente del grandioso cuadro de San Cristóbal, patrón y protector de la ciudad de La Habana.

Aquella graduación inaugural la llamamos, a petición de Eusebio, con el nombre del fundador, a quien consideraba con respeto su “predecesor de feliz memoria”, el gran historiador antimperialista Emilio Roig de Leuchsenring, y tuvo la singularidad de que todos sus graduados eran trabajadores de la Oficina, que recibían su título de nivel superior para enfrentar empeños superiores dentro de la propia organización.

Entre los asistentes aquel 17 de julio del año 2013, estaba quien es hoy presidente de la República, Ing. Miguel Díaz Canel Bermúdez, el entonces Rector Dr. Gustavo Cobreiro, Homero Acosta Álvarez, actual secretario de la Asamblea Nacional del Poder Popular y el destacado intelectual Abel Prieto Jiménez. Eusebio estaba sumamente feliz, viendo como la semilla que había sembrado al inaugurar el Colegio, daba frutos tan generosos y útiles para la obra de restauración del Centro Histórico.

La VIII Graduación del Colegio lleva el nombre de Eusebio Leal Spengler, a pocos meses de su partida física, dejándonos un legado imperecedero no solamente como fundador y guía de nuestra facultad, a la que siempre vio como una vanguardia cultural por excelencia dentro del tejido institucional de la Oficina, sino además su ejemplo como profesor de primer año, sin que jamás faltara a su deber con el aula, su participación orientadora y  certera en los consejos de dirección y la impronta humanista que deja en quienes, más que alumnos, el consideraba sus discípulos, en el sentido más recto y cabal de esa palabra.  Que enorme privilegio para ellos haber tenido un maestro de la talla de Eusebio Leal.

Quienes hoy reciben sus títulos, han tenido que sobreponerse a las condiciones extraordinarias impuestas por la pandemia, y debo decir que todos respondieron de manera ejemplar, realizaron sus trabajos de tesis con excelencia y junto a los profesores, tutores y oponentes, defendieron sus diplomas con gran calidad y sentido del deber. Mi especial reconocimiento y gratitud para todos.

Durante los últimos años de su vida, Eusebio volcó sobre el Colegio buena parte de su ejecutoria intelectual y autoridad moral. Centenares de libros de su Biblioteca Personal fueron enviados a engrosar los fondos bibliográficos del Colegio, colocó con toda intención la sede de las Academias de la Lengua y de la Historia en el mismo edificio, para que los estudiantes se beneficiaran de las conferencias y talleres que ambas corporaciones promueven periódicamente.

Del mismo modo, el Archivo Histórico y la Biblioteca Histórica Cubana y Americana Francisco González del Valle han sido un venero permanente de ilustración para nuestros alumnos. También puso a disposición del Colegio los laboratorios de química, biología y arqueometría de la Dirección de Patrimonio Cultural, para que sirvieran como unidades prácticas para la docencia.

Era frecuente verlo visitar el edificio. Como era su costumbre llegaba sin avisar y por donde menos se le esperaba, pendiente de cada detalle, preocupado si algo no funcionaba bien o no estaba con toda la belleza y dignidad que eran su hábito personal de hacer las cosas.

En las efemérides más señaladas de la historia patria y universitaria, en el Aula Magna de San Gerónimo, adornada con la magnífica galería de la educación cubana que Ernesto Rancaño pintó a petición suya, se escuchó muchas veces el verbo clarividente y conmovedor del Maestro Mayor.

Tuvo la lucidez de estar pendiente, hasta el último momento, de las cosas del Colegio, y ello explica que, ya en su lecho de enfermo, alcanzó a estampar su firma en los títulos de los graduados que hoy los reciben, con esa extraña mezcla de alegría y tristeza, como dije en mis palabras por el 501 aniversario de La Habana, que nos embarga a todos.

Alegría porque son hombres y mujeres que han cumplido un ciclo importantísimo en su formación profesional, que les abrirá sin dudas nuevos horizontes. Y tristeza porque ya no se escuchará su voz bien timbrada en el claustro ni en las aulas, ni recorrerá otra vez las calles adoquinadas para mostrarles, a sus deslumbrados oyentes, las maravillas de la ciudad ocultas tras el velo del tiempo y la desidia.

Eusebio Leal fue un magnífico alquimista que se dedicó a transmutar en el oro de la restauración el plomo de la indolencia y el abandono; un  artista sensible, que se ocupaba de devolver su antiguo esplendor a ruinas venerables y monumentos derruidos; un médico de almas que se consagró a restañar las heridas del tejido social, a construir y restaurar escuelas, hospicios, maternidades y viviendas; un historiador brillante y orador vehemente, conocedor como pocos de la historia y las luchas de su patria, cuyo verbo opulento derramaba sobre los contemporáneos su influencia benéfica y su prédica perseverante y virtuosa.

Como a Luz y Caballero, cuya escuela El Salvador también apadrinó y salvó de los escombros, a Eusebio Leal le faltó tiempo para escribir libros, porque se dedicó a inculcar sentimientos y afectos en quienes lo escuchaban, y a estimular sus inteligencias y forjarles el carácter. Tomo prestadas las palabras de Martí en el obituario del gran humanista venezolano Cecilio Acosta, para terminar mi oración en recuerdo de nuestro querido amigo y maestro Eusebio Leal Spengler:

Llorarlo fuera poco. Estudiar sus virtudes e imitarlas es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas. Trabajó en hacer hombres: se le dará gozo con serlo. Sus manos, hechas a manejar los tiempos, eran capaces de crearlos. Para él el universo fue casa; su patria, aposento; la historia, madre: y los hombres, hermanos. Y sus dolores cosas de familia, que le piden llanto. Él lo dio a mares. (…) A sus ojos el más débil era el más amable. Y el necesitado era su dueño. Cuando tenía que dar, lo daba todo; y cuando nada ya tenía, daba amor y libros. (…) ¡Qué entendimiento de coloso! ¡Que pluma de oro y seda! ¡y qué alma de paloma!

Muchas gracias

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