V Graduación “Fernando Portuondo del Prado“

Fotos: Néstor Martí

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PALABRAS DEL DR. EUEBIO LEAL SPENGLER, HISTORIADOR DE LA CIUDAD DE LA HABANA, EN LA 5ª GRADUACIÓN DE LA UNIVERSIDAD SAN GERÓNIMO.

11 de julio de 2017

Magnífico Rector;

Dr. Homero Acosta, Secretario del Consejo de Estado:

Quisiera establecer que, momentos antes de comenzar el acto, el Ing. Miguel Díaz Canel me ha pedido que le dé como presente, ya que un incidente le ha impedido llegar, pero me ha pedido dar su respaldo personal a este acto tan importante, que mucho aprecia.

Quisiera también agradecerle mucho al Rector Cobreiro por su presencia, siempre tan asiduo junto a nosotros, muy especialmente a Frey Manuel Junior, nuestro mentor; al vicedecano, Félix Julio, y a todos los profesores que forman el colegio, a todos los alumnos, a los graduados en este día muy especialmente, y a los que reciben también su diploma de la Maestría del Patrimonio Musical.

Es un día muy significativo. Se ha evocado la memoria de Luz y Caballero, que pasó aquí una parte de su adolescencia, en este lugar, hace doscientos años. Estaba aquí, su familia vivía cerca; todavía una calle lleva el nombre de los Luz, quiere decir la familia, que había dado, además, al primer correo, José Cipriano, y a unos importantísimos intelectuales, entre ellos a su tío, José Agustín, filósofo, teólogo, eminente orador, sacro, abogado notable. Por tanto, es un día con un noble auspicio. Se han traído especialmente las masas de la Universidad, y también el retrato del insigne Padre Varela, el santo de los cubanos.

Me alegro grandemente de asistir en este día al acto, y de reconocer a los alumnos que con mucha asiduidad, con mucha paciencia, voluntad férrea, decursaron seis años de carrera para alcanzar conocimientos y para buscar, como ha expresado brillantemente la alumna al decir sus palabras de gratitud y de reconocimiento al ambiente que se vive en las aulas del colegio.

Y digo ambiente ex profeso, porque es muy importante que exista ese ambiente positivo, ese ambiente que no elude nunca, como ella ha dicho, la vida natural, la confrontación de las ideas, el discurso dentro de la academia y fuera de ella, que nos lleva a tener –como se diría en el decir cubano– claridad para hacer la interpretación. No importa el conocimiento libresco, ni la posesión de infinitas letras, lo más importante es la capacidad de interpretación; la capacidad para interpretar lo histórico, la capacidad para sentir e interpretar la música, la capacidad para interpretar lo que ha ocurrido en el tiempo, lo que ocurre hoy, y tratar de ver cuál es la dirección principal en que se han de mover las ideas, en que se han de mover los propósitos y las esperanzas de las generaciones que coinciden en un determinado punto, en este caso Cuba, y particularmente en La Habana.

Una nueva graduación del Colegio significa que hace unos días me mostraban el Libro del Graduados, que a finales de año, en noviembre, será publicado con las fotos de los alumnos y con el claustro de las promociones anteriores. Es muy importante que ese libro se haga siempre, para que quede constancia, para que se diga lo que ocurrió, y para que ellos y nosotros sintamos el estímulo de que ha valido la pena este tiempo breve de la vida –que breve es ella misma– para proyectarnos hacia adelante.

También han recibido los anillos. Félix Julio me habló hace unos días de cómo ellos mismos, deseando beber en la fuente de la más pura tradición, hablaron con plateros y orfebres y buscaron, en la modernidad de la plata, colocar en el interior la inscripción del Colegio y de la generación que les corresponde. Me alegra porque nada ha de ser imposible.

Recuerdo que la madre de Martí le llevó a los Estados Unidos el anillo con un fragmento del hierro que falta de su yugo, y ese fragmento tenía una inscripción: Cuba, y era como la alianza de su verdadero y eterno matrimonio intemporal.

El anillo supone que tenemos, como las aves, que deben ser localizadas en cualquier sitio, una vez que las reciben al nacer o al ser capturadas, la posibilidad de formar parte de una familia, de ser identificados como parte de ella; en el mundo académico, dos veces necesario. Cuando se pierde el sentido de las cosas, se pierde su esencia, se convierten en cuestiones fatuas. Así las togas, las medallas; pueden ser así también los diplomas y las condecoraciones. Cuando tienen sentido, cuando se han logrado a base de sacrificio, cuando suponen la premiación del mérito indiscutible, cuando no son el fruto de un tráfico de amistad o de influencias, sino cuando es el resultado del esfuerzo tenaz, de las horas de insomnio, del tiempo que hemos dedicado a aprender, que para otros era inútil, adquieren sentido. Y es lo que queremos hacer con el Colegio y con nuestra Universidad. Nuestra Universidad es la alta casa de estudios, nuestra Universidad es la tercera ciudad.

Recordábamos las palabras de San Agustín. Podríamos pensar cuáles son estas ciudades en el caso al que me refiero: la ciudad terreno, en lo que nos encontramos hoy, esta es la acro; la otra, la necro, ya sabemos cuál es, y la tercera es agua, levantada sobre una alta escalinata, con el Alma Máter con los brazos abiertos, esperando, la alta casa de estudios, que es la casa de todos los saberes, de todas las ciencias, de todas las inquietudes, de todas las esperanzas.

Por eso, cuando se lee, al comenzar la memoria, escogiendo un grupo de los mártires universitarios, se marcan épocas, períodos, momentos que otros vivieron, pero que no pueden nunca ser olvidados. Comienza necesariamente con la evocación de los estudiantes de 1871. Cuando paso siempre frente a ese muro, que un día se convirtió en un manantial de sangre para Cuba, pienso que ellos no pudieron llegar. Ellos no pudieron llegar, se atravesó en su camino la barbarie, se atravesó en su camino la incomprensión, algo más que la intolerancia: la brutalidad, el odio a la virtud.

Y cuando pienso en los demás hasta llegar a los más contemporáneos, pienso también en los que lucharon, en los que no se quedaron impávidos ante los problemas del país o del mundo y lucharon por su esperanza, por su universidad, por su ciudad, por su nación, por su pueblo.

Por eso, la formación la vemos como necesariamente integral, amplia. No formamos para entregarles a cada uno, como diría el ilustre pensador y filósofo, el padre Feijó, uno de los grandes ilustrados, que valen más un par de ojos de águila que cien pares de ojos de lechuzas. Es verdad. No queremos para ustedes los ojos de las lechuzas, aunque me interesa mucho que sean capaces de ver también en la noche. Quisiera que vieran siempre en la distancia, que no sean nunca vigilantes, sino vigías. El vigilante mira a través de una tronera un espacio limitado del campo; el vigía está en lo alto y ve en el horizonte y escruta en el tiempo y da la noticia con anticipación. Eso quisiéramos que fueran: anticipados a su tiempo. Que no se resignen nunca a la madre de todas las enfermedades, que es la mediocridad; que admiren a sus contemporáneos, no solamente a los maestros pretéritos, eso es fácil, ya ellos no se pueden defender ni de la calumnia ni del elogio. Lo bueno, lo importante, es honrar a los contemporáneos que tienen mérito. Por tanto, aborrezcamos la envidia, y creamos simplemente en la virtud, como decía Martí en su emotivo prólogo a la dedicatoria a su hijo: creo en el tiempo futuro, en la utilidad de la virtud y en ti. En ti, quiere decir, en ustedes, creemos, y creo personalmente.

Durante el tiempo de su docencia, tuve la oportunidad y el privilegio de tratarlos, de saludarlos, de compartir con ustedes algunas experiencias de esto que se había convertido en ciencia a partir de la experiencia cotidiana de nuestro trabajo de la restauración. Seríamos capaces de ver, como en una película de 3D, el decursar del tiempo. Esto nos permitiría saber que en este mismo lugar en que estamos, hace casi 500 años, se trazaban los cimientos demasiado cerca de la mar; debían saber que en un determinado momento, bajo el auspicio de Elena, la Reina de Jerusalén que aparece arriba, en lo más alto la Reina romana, Elena, Santa Elena, se fundó una provincia, y que de esa provincia, de la cual La Habana era parte importante del territorio y sede, se impartían clases en las aulas que aún se conservan con las lenguas indígenas del continente, de California, de la tierra firme continental americana, y de aquí salieron las grandes figuras que recorrieron el continente, y de aquí surgieron esos evangelizadores, algunos de los cuales, como Francisco Solano, llevaban instrumentos musicales; otros, como Puente Nocedra recorrió a pie desde la Florida hasta la California y así sucesivamente. Pero también es el escenario de la vida docente de aquellos que, no queriendo llegar a convertirse en franciscanos, querían escuchar letras, aprender latines, castellano, y ahí nos encontramos la temprana vocación de Luz y Caballero. Por eso lo llamamos maestro.

Es el escenario de la disputa con los británicos que toman la Habana para que esta sea el templo de los anglicanos, y es también el lugar donde aquel 13 de agosto de 1762, detenidos los fuegos sobre la ciudad, a punto de capitular, fueron enterrados aquí en esta nave los restos de Luis Velazco, valiente defensor del Morro.

¿Cómo sería la multitud que estaba reunida en ese momento? Los habaneros buenos, los miembros de los regimientos de pardos y morenos, artilleros, los marinos que habían descendido con el héroe del Morro, todos estaban aquí esperando los acontecimientos. Y después, los británicos. ¿Cómo llegaron¿ ¿Cómo fundaron aquí la Francmasonería, según los ritos de su propia nación? Y posteriormente la exclaustración, y casi inmediatamente el gran ciclón que acabó destruyendo la cúpula que explica la necesidad de este ápside falso que se trasplantó porque prolonga una cúpula que ya no existe. Pues bien: hemos sobrevivido a todo ello, sobrevivimos al huracán que destruyó el teatro y arrebató la cúpula; sobrevivimos al hecho de que, desacralizada, se fundó aquí el correo. Cuántas veces vine de niño a buscar, y después como obrero a buscar en las casillas la correspondencia del señor al que servía.   Cómo posteriormente se convirtió en almacenes y llegaron extraños profanadores y levantaron en el centro de este salón cámaras frías y bóvedas donde se guardaban alimentos para un mercado, y cómo después finalmente se hizo una película en este lugar como episodio, y todo se llenó de ovejas, de vacas, de toros, de caballos, y finalmente de pulgas, a las cuales tuve que enfrentarme como el Quijote para desalojarlas y hacer la restauración.

¿Cómo olvidar el día en que, comenzada la obra, salí con un célebre director del teatro al patio, e ignoraba que un obrero incalificado golpeaba para sembrar un pasamanos de un recuestabrazos en la alta galería una frágil columna que ocultaba en su interior una madrépora, y cómo provocó que se derrumbara esa columna y muriera en ese escenario uno de los alumnos de la escuela taller? Los propios compañeros del taller de cantería le sacaron. Para él siempre hay no solamente una lápida, sino unas flores. ¿Qué sería hoy ese joven? ¿Habría salido de la escuela taller para ir al Colegio Universitario? Era demasiado temprano. Lo cierto es que ese día no alcanzaba toda la madera para apuntalar el efecto que iba produciéndose por todo el primer claustro y cómo, en medio de aquellas ruinas, que parecían un bombardeo, decidimos que –tiempos heroicos– debía levantarse absolutamente todo, levantarse los arcos, aguantarse los contrafuertes, y volverse a erigir la galería, la cual dos meses después estuvo terminada.

Y ahora nosotros. Qué cosa tan esperanzadora que, después de esa larga y sintetizada historia, aparezcan, como palomas conductoras, los alumnos para graduarse.

¡Cuba los necesita! No olviden nunca, tengan memoria. Podrán ocurrir naufragios, derrumbes, entrarán todos: ovejas, caballos y pulgas, pero al final triunfaremos.

Muchas gracias.

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