IV Graduación “Enrique Gay-Calbó”

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PALABRAS DEL DR. EUEBIO LEAL SPENGLER, HISTORIADOR DE LA CIUDAD DE LA HABANA, EN LA 4ª GRADUACIÓN DE LA UNIVERSIDAD SAN GERÓNIMO.

15 de julio de 2016.

Distinguidos amigos;

Queridos alumnos que se gradúan hoy, sus familiares, que les acompañan en un día que es muy importante para ellos y también para nosotros:

Comenzar es difícil, pero más lo es concluir cuando se realiza una tarea como esta de preparar al ser humano para la vida.

La universidad traza una serie de derroteros, lo demás debemos hacerlo nosotros. No basta con las clases; es necesario alcanzar, ya desde allá y hoy y mañana, la ilustración indispensable, que nos permitirá gozar y disfrutar del esfuerzo y del sacrificio que nuestra familia y ustedes mismos han realizado sobre todo para llegar a este día.

El 5 de enero de 1728 se fundó en estos mismos predios la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo, un largo litigio resuelto finalmente, y correspondió a la Orden de Santo Domingo de Guzmán, fundada por él, llevar adelante, a través de la ingente obra de los padres predicadores, la formación de aquellos primeros alumnos y graduados.

Un componente indispensable en aquel tiempo y para todos los tiempos era la formación ética y moral de los alumnos. Era indispensable tener algo más que el conocimiento; era necesario ajustar sobre la vida misma, sobre el devenir del ser humano, sobre lo que significa vivir, y esto era precisamente el condimento o el elemento esencial en la preparación universitaria.

Como afirmara el insigne Luz, educar era preparar al hombre para la vida; pero a la vez también señalaba que el maestro debía ser como un evangelio vivo. Esa palabra, que significa buena nueva, trae a nosotros la buena nueva del conocimiento y de los saberes; sin ellos, el ser humano se somete a la esclavitud porque no sabe discernir más que con el conocimiento esencial con que se viene a la vida.

Fue la experiencia práctica, unida al conocimiento acumulado, lo que sacó al hombre, como un peregrino en medio del desierto o del bosque, y lo llevó a su condición humana; fue exaltado a partir de que tuvo conocimiento y lo plasmó dibujando, danzando, reconociendo los misterios de la Tierra y de las cosas. Labró las piedras, construyó chozas; la cueva fue el hogar primero, que evocaba al claustro materno; luego vendría la obra de las numerosas civilizaciones que, conforme a la dispersión del género por toda la Tierra, levantó la sociedad y el mundo tal y como lo conocemos; un mundo en el cual nos tocó vivir a nosotros, una época en que nos tocó vivir a nosotros. Si me preguntan cuál es la mejor época, no podría pensar en otra en el pasado, porque dependería siempre del azar, del destino, o de la orden providencial que nos hubiera situado en un orden u otro de la sociedad. Debemos sentirnos dichosos del tiempo, porque no nos fue posible escoger otro. Y ese tiempo, ese tiempo actual, debemos modelarlo con nuestra acción independiente.

Si la Universidad forma para la vida, hay que aprovechar no solamente los seis años, sino lo que ella nos dio como el legado fundamental: el hábito del estudio, la disciplina de todos los días –excepto el día de descanso–, salir a la escuela, volver con los libros, resumir el conocimiento y convertirlo luego en respuestas a las grandes incógnitas que todo ser humano tiene con relación a la vida, al tiempo y al porvenir.

Desearles a todos, de todo corazón, que tengan un día muy feliz hoy, al verlos orgullosamente portar sus togas, que han sido un símbolo de igualdad entre todos. Ella nos ha cubierto y nos ha igualado o equiparado a todos; al mismo tiempo, nos crea una obligación, porque, si bien un antiguo decir, o un aserto antiguo señala que el hábito no hace al monje, en realidad lo hace porque lo obliga. No debemos disimular nuestro estado; como profesores y como académicos, debemos luchar arduamente por que esa orden de los que enseñan e imparten conocimientos, que a su vez los recibieron de otros y de otros más, sea respetada y respetable en la sociedad.

Nada más importante que el maestro. El maestro, lo dice la palabra, es una condición que le otorga a la criatura la capacidad de dar lo de sí. Cuando se da comida, queda menos; cuando se comparte la riqueza, queda menos; pero cuando se comparte la sabiduría, se multiplica.

Que así sea, que se multipliquen en múltiples dotes, y que tengan todos la voluntad de servir a su patria y a su familia; que sirvan para mejorar el mundo ante los grandes problemas que este tiempo en que nos tocó vivir confronta: los grandes desafíos del cambio climático, los grandes desafíos de las injusticias sociales, los grandes desafíos de la emigración, que conmueve hoy al mundo y de la cual en cierta medida, como puerto insular, somos parte.

Ser ciudadanos del mundo es algo muy conveniente. Sentir como propio cada agravio, cada mérito, cada conquista, cada beneficio, nos enriquecerá.

Abrid bien los ojos para ser buenos amigos, porque el que no lo es, y el que no ama a su familia, ni tiene noticias ni descubre el origen de sus padres y de sus abuelos; el que no ama el pequeño terruño en que nació, el pequeño pueblo, el barrio, difícilmente podrá tener amores superiores. Es muy importante entonces tener los ojos grandes y abiertos, para poder contemplar la verdad y el mundo, porque solo la verdad nos da la liberación.

Muchas gracias.

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