III Graduación “José Luciano Franco Ferrán”

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Fotos: Jorge García

PALABRAS DEL DR. EUSEBIO LEAL SPENGLER, HISTORIADOR DE LA HABANA, EN LA TERCERA GRADUACIÓN DE LA ESCUELA SAN GERÓNIMO DE LA HABANA.
16 DE JULIO DE 2015.

Magnífico Rector;

Vicedecano;

Cuerpo profesoral del Colegio;

Profesores de nuestra Universidad;

Alumnas y alumnos;

Querida Miriam, muy especialmente este día, que también es para ella un día de fiesta y júbilo:

Siempre es un momento emocionante este día. El tiempo pasó y cursaron seis años. Recuerdo cuando comenzamos esta promoción, ya es la tercera. Como saben, en breve colocaremos en la sala del Rectorado los retratos de los alumnos que forman cada generación del Colegio Universitario.  Y es que la Universidad, la más alta casa de estudios, institución permanente de la cultura, es para nosotros algo importante.  Acceder a ella es un deseo legítimo en una sociedad como la cubana.

Sorprende a los que vienen de todas partes del mundo ese alto índice cultural y de preparación intelectual de la vanguardia de la sociedad y de la sociedad misma. Pero he querido ex profeso expresar el concepto de vanguardia, que no es élite;  la vanguardia es la que penetra, rompe el muro, la que se adelanta y conquista.

Es por eso que, al comenzar el acto en el Aula Magna de la Colina, que es como la ciudad del saber, el ágora de la ciudad de La Habana, se recitan, como lo hemos hecho aquí, los nombres de los que nos precedieron en el tiempo con el sacrificio supremo por lo que consideraron sus ideales políticos y sociales, a pesar de que algunos, como los primeros, que salieron del conjunto de este edificio de cuyas aulas fueron violentamente separados, los estudiantes de 1871, aparezcan cubiertos aún por el velo de una inocencia que rasgó el propio encargado de ejecutarles en la mañana del 27 de noviembre cuando, escribiendo a su hermano, el eminente intelectual Abelardo López de Ayala, poeta, en España, describía: “No murieron como criminales, porque no lo fueron, sino víctimas de sus alucinaciones políticas.”  Siempre me ha llamado mucho la atención esta afirmación categórica de López de Ayala.

Patria y educación, Patria y Universidad siempre forman para nosotros un conjunto. Y en la Universidad, el principio de autoridad descansa fundamentalmente en los que tienen la potestad de educar, y fundamentalmente en la figura del Rector que, estando presente en el Aula Magna, allá o aquí, es la figura esencial. El Rector es como el padre de los universitarios, y es al mismo tiempo el que rige y el que marca el camino. Aquí, cuando el Rector no está, la silla permanece vacía, nadie debe ocuparla, sea el actual Rector, sean los Rectores precedentes, algunos de los cuales merecieron, de los universitarios, el cariño y el afecto, porque fueron padres protectores de sus estudiantes en tiempos difíciles. Así lo fue el ilustre Clemente Inclán, así lo fue el venerado poeta, escritor y revolucionario Juan Marinello. Quiere decir, la Universidad supone el conocimiento de su continente, quiere decir la casa, el campus, y también de lo que tiene dentro. Por eso, para nosotros, que nos formamos en esta carrera, lo más importante es lo material y de lo inmaterial; lo inmaterial es lo que ocurrió. De ahí la feliz idea de restituir en este lugar un Colegio Universitario, una parte de la Universidad de La Habana.

¿Por qué lo hemos hecho? Porque logramos reivindicar en el mismo espacio y sobre las mismas piedras excavadas en esta sala lo que fue el edificio fundacional de la Universidad aquel enero de 1728.

De entonces acá, como toda vida social humana o intelectual, la Universidad recorre el camino de la forja de la nación, con sus búsquedas, con sus olas de silencio, con sus áreas oscuras, con sus momentos difíciles, pero surge como una luz inmarcesible y permanente, representada en la figura hermosa del Alma Máter en lo alto de aquella magnífica escalinata.

Se ha dedicado la promoción al profesor emérito y gran cubano que fue José Luciano Franco Ferrán.  Cuando ya pasaba largo de 90 años, podía todavía, impecablemente vestido de blanco, con aquella tez broncínea y el pelo bien cuidado, dictar una conferencia sin inmutarse. Se sentía orgulloso de haber sido tabaquero y de ser un autodidacta, que había iniciado sus estudios por el amor a la cultura y a la historia, que le produjo en su infancia ver el derrumbe del imperio español, ver a los soldados españoles prácticamente mendigos y desamparados en las calles de La Habana en el momento de la incertidumbre sobre el porvenir inmediato; ver el ingreso en La Habana de Máximo Gómez y el Ejército Libertador, y aún poder ver el triunfo de la Revolución en enero de 1959, y estar como lo vimos tantas veces en el Archivo Nacional, sentado sobre sus papeles, con aquella suficiencia y al mismo tiempo modestia que le caracterizó siempre.

Campechano, jugando siempre, no sabía uno, cuando le hablaba, si era en serio o en broma hasta cierto momento. A veces uno llegaba: “¿Cómo está, José Luciano?” Y respondía: “Oiga, ¿qué se ha creído usted, estarme saludando a mí ni nada de eso?” Y de pronto, una amplia sonrisa y sentarnos a conversar con él.

Cuando hace su obra más celebrada entre las que se han mencionado, Antonio Maceo, apuntes para una biografía de su vida, acoge ese título modesto para una obra que es como una sinfonía, como un canto de gesta, en la cual describe y exalta la figura magnífica de aquel hombre diferente. No es porque nosotros nos empeñemos, por la necesidad y la urgencia patriótica y moral de exaltar a Maceo como una figura sin error ni defecto. Fue un ser humano, un ser humano como nosotros; pero al mismo tiempo, diferente: formado por sí mismo, discreto en grado sumo, hablaba en voz baja, era elegante por naturaleza cuando pudo ya serlo, se preocupaba siempre de presentarse en cualquier lugar de esa forma, caballeresco en su estilo, no fumaba, no bebía; por ende, era un cubano diferente. Es como la versión de Agramonte en otro momento de la historia.

Alguien me decía: es una figura extraña en la historia, la figura de ese otro gran alumno universitario que fue Ignacio Agramonte. También estudió en este ámbito.

La responsabilidad de la Universidad es grande, es la de todos nosotros, los que salimos un día de ella y ejercitamos ahora el deber de introducir –como en mi caso– a los que comienzan en esta carrera, en la cual tratamos de formar, o de convertir en ciencia la experiencia, lo que surgió como una experiencia. La historia de la obra es nuestra propia historia, tiene las luces y las sombras que el carácter del ser humano le otorga a todo lo que construye, es una gran verdad. Pero hemos tratado de que el valor de los símbolos tenga sentido. Por eso, cuando entramos seguidos por los estudiantes, que son la razón de ser de una escuela, todos venían cubiertos con sus togas, las cuales los equiparan y les permiten ser iguales entre sí en la forma, como han de serlo también en el espíritu, aunque respetando la singularidad y la identidad dentro de la igualdad.

Al mismo tiempo, nos precedían el Rector, el Vicedecano, los profesores, que cada uno ocupa con gran esfuerzo y sacrificio personal sus cátedras o sus aulas, y el veredicto de los profesores y del claustro debe ser siempre respetado por los alumnos. Es inconcebible que de pronto surjan alumnos que, de manera irreverente, intenten dirigirse al profesor o profesora, por escrito o de palabra, ignorando que él, el profesor, cuando ingresa en el aula, es lo más importante; y que los que están sentados se tienen que poner de pie, y hasta que él no baja la mano así permanecen; que a la Universidad ha de venirse con lo mejor, dentro de la modestia, de nuestras posibilidades. No es el sitio para entrar como si uno fuera a la playa o a la fiesta; aquí vienen a estudiar, De ahí que la compostura, la presencia, el cuidado personal de profesores y alumnos deben ser un signo de la Universidad, y en este caso del Colegio.

Lograr los altos objetivos que nos proponemos nos facilita la posesión de comodidades que han costado, como decíamos ayer, mucho esfuerzo y mucho sacrificio.  Cada objeto de los que hay aquí reunidos, como allá en la alta casa, significan esfuerzo y sacrificio; todo ha costado esfuerzo y sacrificio. Por tanto, cuidarlo, conservarlo y reconocerlo es la primera prueba de nuestra vocación.

Por  eso presiden la sala las dos grandes figuras de la pedagogía y el magisterio cubanos: de una parte, el venerado José de la Luz y Caballero, cuya escuela, El Salvador, fue lo primero que restauramos en el Centro Histórico de La Habana, el lugar donde él había fundado por vez primera, en 1853, en ese lugar fue reconstruida su escuela primaria.  Era, perdida la memoria que el subdesarrollo no acumula, un garaje donde se restauraban automóviles, y afuera una lápida olvidada y polvorienta.  Hoy los alumnos lo veneran aquí, como deben hacerlo y lo hacen seguramente allá en el Cerro, donde terminó sus largos pero al mismo tiempo breves años de docencia y amor a los niños y adolescentes.

Y del otro lado, el hombre que representa para nosotros la evolución de las ideas, el respetar siempre la posibilidad del principio de siempre aspirar a más, y aun respetar a aquellos que, teniendo un pensamiento adverso, logran evolucionar al ver la luz clara de las cosas.  Y fue el caso del eximio Enrique José Varona, que transita, desde una idea agnóstica con relación a la posibilidad de la independencia, hasta una posición próxima a las ideas reformistas o autonomistas, y termina convertido, por la palabra y la obra de José Martí, en un paladín del ideal de independencia.  Y ya anciano, vestido impecablemente de blanco, subiendo en el tranvía hasta la Universidad, que era su casa, ser venerado, respetado y considerado el adalid de la juventud cubana, en los años de forja de una República empobrecida por la ocupación, por la Enmienda y por la lucha de tantas clases oprimidas y olvidadas.

Formarnos en esas ideas y formarnos en estos principios es para mí y para nosotros la labor principal.

El hecho de que hoy tengamos la fortuna de que también estemos presentes en el acto de entregar sus diplomas a los que han asistido al Diplomado que con tanta paciencia y dedicación ha llevado a cabo la profesora Miriam Escudero, es para nosotros un motivo de honor.

Aquellos que han acudido a la iglesia antigua de San Francisco de Paula a dar sus clases de órgano en el único órgano antiguo de Cuba de su clase que funciona, en el mismo lugar donde el maestro Odilio Urfé enseñó y educó a generaciones en el culto a la música cubana, en el lugar que está cubierto por la leyenda de haber sido el hospital de los pobres; el lugar donde languideció, según Cirilo Villaverde, Charito Alarcón, la madre de la infortunada Cecilia –tan infortunada como ella–, y es que de la música, de la poesía, de la literatura, de las artes, de la filosofía, del pensamiento, se nutre el que va a la Universidad. Por eso allá, en el Aula Magna absoluta, están los grandes paneles donde ellas aparecen representadas en toda su hermosura, cada una representando, cada una demostrando el camino a seguir.

El otro día, en ocasión de un acontecimiento político internacional, el jefe de la Revolución, que en breve cumplirá sus 89 años cumpleaños, exaltaba lo que aprendió en la Universidad de La Habana de la cultura grecolatina, de la filosofía, del pensamiento, de las letras.  Y de esa heredad descendemos nosotros. Es imposible negarlo.

Cuando hablamos de nuestra cultura, ella tiene sus cimientos allí; mas luego fue enriquecida dramáticamente por acontecimientos que conmovieron al mundo: el encuentro de las culturas; el hecho de haber sido la isla de Cuba, en el centro del Mediterráneo americano, el lugar de comparecencia de pueblos distintos, de confusiones geográficas, de todo lo que en definitiva hizo nacer, de ese encuentro de dos mundos, al pueblo cubano, tal y como está representado en esta sala. Ahí están todos los rasgos, todos los matices del color, todos los timbres de voz, y eso es Cuba. Y el que intente tratar de resolver el problema, o cualquier problema, poniendo a uno y poniendo al otro, o arreglando de una manera artificiosa y de laboratorio los temas sociales, se equivoca. Tienen que ser resueltos abajo, resueltos en la institución que ya Engels definía como clave en la sociedad: la familia. Y luego corresponderá a la escuela y al maestro redondear o cincelar, sobre ese molde, lo que los padres labraron. Y posteriormente vendrá el choque que viene ahora, nos pasa a veces con los jóvenes que estudian en la escuela-taller. Allí hacen su trabajo con admirable dedicación, y luego salen a la vida real, al choque en las obras constructivas, y a veces los obreros, que tienen en algunas ocasiones otros vicios, no entienden esos cuidados, ese pequeño detalle o esa educación que la escuela les dio.

Allí estudian hoy más de 300 jóvenes, muchos de los cuales se apartaron del camino subvencionado de la educación en un momento crítico, decepcionados, rebelados contra los padres. Así me los han traído muchos amigos inclusive. Y les digo: “Déjenlo solo y vayan a la escuela.” Y yo después pregunto qué está pasando en la escuela con Fulano o Mengano, y me dicen: “No, si supiera, se ha adaptado muy bien, está muy bien con sus compañeros, obedece al maestro, está aprendiendo; ha descubierto que hay una conciliación entre la mano y el pensamiento, porque la mano ejecuta lo que el corazón manda.

Es por eso que esa es la base, en el caso de la Oficina, de la búsqueda.  Y sentimos la satisfacción de que cada día aumentan más los jóvenes graduados de la escuela-taller, obreros, que de pronto inclinan y van a buscar en la educación superior un goce y un placer superior a la posesión de un título, lo cual en última instancia sería fácil.

Aquí debemos aspirar a más, lo decíamos el otro día en la reunión del claustro; debemos aspirar a más.  Si la palabra del fundador fue que se enseñe allí lo que no se enseña en ninguna parte, entonces por eso es que aquí está presente la música, tiene que estar la arqueología, la antropología social, la antropología física; tenen que estar todas las cosas.  Y para eso nos nutrimos del claustro de la casa universitaria, o tenemos el privilegio de que aquí, en este edificio y a disposición de nosotros, están las dos academias: la Academia de la Historia y la Academia Cubana de la Lengua. Sería una torpeza no invitar a algunos de esos profesores a dar conferencias magníficas sobre los temas y las materias en las cuales son más que suficientes.

Ahí tenemos todavía el placer de tener a todos los grandes premios nacionales, que se reúnen periódicamente y que se sienten orgullosos cuando se les invita al Colegio, sea el profesor Fernández Retamar, tan querido por los alumnos; sea la sabia profesora Graciela Pogolotti; sea la profesora tan querida Carmen Barcia.

Si esto es así, entonces estaríamos aspirando a más, que es a lo que debemos aspirar.   Si se gradúan nueve,  debemos aspirar a que se gradúen de verdad, formados y preparados.  Hay una práctica antigua que se ha perdido, y lo hemos visto en los exámenes: la oponencia.  Supuestamente a esta altura de la carrera los estudiantes ya formados, suficientemente entrenados en la lectura, gozosos de asistir a algo que por vocación han escogido, con sus aulas de cine que ya en este mes vamos a  activar decididamente, de manera tal que puedan tener este complemento ideal sobre todo con determinadas materias que requieren además la fantasía del instrumento maravilloso que es el cine; o el aula de música, o la excelente biblioteca, o la galería de pintura, donde pueden hacer una clase de la historia de la pintura y del arte desde la remota presencia de algunos pintores en Cuba hasta la contemporaneidad.

Por eso quisimos que Rancaño realizara la pintura del ábside: es el legado.  Ahí está la vocación del Colegio Universitario claramente representada y la precedencia en la historia de las grandes figuras.

Nos enorgullece que el 99% de los graduados hoy sean mujeres.  Es la exaltación del género, que nadie puede discutir.  Será difícil encontrar eso en un país del mundo. Somos pobres, pero aquí la mujer gana lo mismo que el hombre: a un mismo puesto de trabajo, una misma compensación.  Es la mujer intelectual, la mujer sabia, la mujer culta, sin la cual no se puede escribir la historia.  Está mal conjugada la idea de que al lado de un gran hombre hay una gran mujer.  Generalmente a veces es lo diferente, independientemente de que en la historia de nuestro país esto sea casi una regularidad general. No se puede bajo ningún concepto hablar de Agramonte sin hablar de Amalia, ni se puede hablar de Antonio sin hablar de María, ni  hablar de Gómez sin hablar de Manana, no es posible.  No se puede hablar de Martí sin el amor posesivo y doloroso de su madre.   Y nadie puede juzgar eso, porque fue él, el 25 de marzo, en víspera de lo que él llamó –y era verdad– un largo viaje, que evoca dolorosamente el recuerdo que siempre ha de acompañarle, y ella casi nunca entendió sus ideas políticas.  No fue el otro caso.

Y como decía hace un momento, se ha convertido en un ritual vacío.  Vamos a la oponencia, y ya los alumnos saben con anticipación de cinco días qué les van a preguntar, y hasta si tienen dudas le preguntan a la profesora.  Esto es una farsa.  Se es suficiente o no, se está preparado o no.  Y el oponente, decente y cultamente, debe estar preparado para no llevar a los alumnos a espacios que les sean desconocidos, ni a lugares que les sean ajenos; pero, dentro de lo que ha estudiado y lo que se ha preparado, no cabe duda que lo correcto y lo sabio sería responder por escrito o verbalmente a lo que se le pregunte de manera sorpresiva.  De lo contrario, educar no es formar al hombre para la vida, como decía el sabio; o el evangelio vivo de que hablaba Luz; o la educación comienza en la cuna y termina en la tumba.  Porque aquí no hay nadie, excepto algunos, que han merecido el dictado de sabios.  En las Ciencias Sociales en Cuba escogemos a un profesor excelso, que ha sido mencionado: a Don Fernando Ortiz, al que tuve el honor de conocer.  Don Fernando es el sabio Don Fernando Ortiz, como lo fue Finlay en su sabiduría, por ejemplo, o como lo fue Romay en su momento.  Eran los sabios, los descubridores, los que abren los caminos.

Agradecemos profundamente a todos por su asiduidad, por su paciencia.  Que nadie se sienta nunca ofendido porque uno alcance por excepción, y es bueno que alguien tenga la excepcionalidad.  Una vez traían laboralmente a firmar para adquirir ciertas prebendas o ciertos reconocimientos sindicales.  Y venían y me decían: “Merece el excepcionalmente positivo”.  La respuesta mía fue siempre invariable, porque me la aplicaron a mí: “¿Y más allá de eso, qué hay, excepcionalmente positivo?  ¿Cuál es la primera virtud?”  Me dicen: -Asiste puntualmente al trabajo.  Digo: “Si eso es así, es un error conceptual, el trabajo es nuestra obligación.” -No, que cumple las ocho horas de trabajo.  “Ese es su compromiso, sea en la labor simple del trabajo o sea en el ejercicio maravilloso de cualquier profesión”.  Porque no hay cosa más hermosa que acercarse al conocimiento de las profesiones.

¿Por qué en Cuba, por ejemplo, son tan respetadas las ciencias médicas? Y tienen que serlo.  Porque este era un país de endemias, un país tropical.  Por eso no se puede hablar en Cuba de la Medicina sin mencionar a Nicolás José Gutiérrez, sin mencionar a Albarrán, un hombre tan ilustre, tan reconocido, una Facultad en Francia lleva su nombre, o a Finlay, por ejemplo.  Y no se puede hablar en Cuba de Derecho e ignorar por qué razón hay que estudiar no leyes sino Derecho, porque las leyes son transitorias, a veces obedecen a un tiempo histórico, y hasta las constituciones, que son pétreas, hay que modificarlas y cambiarlas, algunas en forma de enmiendas, otras en forma de nueva redacción, y en un Estado republicano como el nuestro una Constitución nueva es una nueva República.  Por tanto, nosotros estamos ahora contando la legitimidad de Guáimaro, como en la sexta o la séptima República, por ejemplo.

Ahora, ¿por qué un país de abogados?  ¿Por qué Martí? ¿Por qué Céspedes? ¿Por qué Agramonte? ¿Por qué Fidel Castro?  Bien: una sociedad que abolió la esclavitud hace cien años –se va a cumplir este próximo año el primer centenario de la abolición de la esclavitud por las Cortes españolas.  Claro, me prevengo ya del error de considerar que fue un acto magnánimo de las Cortes españolas abolir la esclavitud: ¡la esclavitud se abolió con el machete en la mano!  Esa fue la verdadera santa, la verdadera reivindicadora, y esto comienza con el acto magno y simbólico de Céspedes en el ingenio, donde ya sus trabajadores cobraban por nóminas asalariadas.  Hay por lo menos dos nóminas del ingenio que lo demuestran, como la profesora emérita Hortensia Pichardo explicaba magníficamente, al analizar Contestación, el poema de Céspedes, que es un tema autobiográfico, el tipo de sociedad con la que soñaba.  Después de su largo viaje por Europa, ver las consecuencias de la revolución del 48, ver todo lo que había pasado en Francia, en Alemania, en Inglaterra, no podía resignarse al silencio tranquilo de la colonia y de la esclavitud.

Entonces fueron los legisladores de Guáimaro, la vanguardia de la juventud de Camagüey, los inquietos pensadores de Las Villas, frente a una oposición, porque siempre hay oponentes al cambio y a la transformación.  Cuando son organizados, es fácil debatir y ganar; cuando son dispersas y calladas opiniones habría que acogerse al principio martiano de que “con sentimientos ocultos en lo profundo de nuestros corazones no se fundan pueblos.”

Entonces la esclavitud fue abolida por la Revolución magnánima de 1868.  Hasta ese instante solamente existía algo que en aquel momento era un manifiesto progresista de un político cuya ley llevó su nombre: “La ley de vientres libres”.  Era tremenda. El matrimonio de esclavos podía arreglarse con el amo y comprar el vientre para que naciera libre y no esclavo.

Se dice que esa fue la condición que trajo al mundo  a Juan Gualberto Gómez, uno de los más eminentes cubanos. Sin embargo, sus descendientes, que aún nos acompañan continuamente en las celebraciones en su casa de la calle Empedrado, nos dicen que no, que no fue negrito de barracón, sino que fue criado en la casa por la relación familiar que tenía con la familia.  Es la única justificación. Y no con el ahorro de sus buenos padres fue que pudo ir a París a estudiar en la Universidad, después de haber renunciado al mandato de ir a estudiar en talleres para hacer carrozas o carruajes.  Estudió Derecho, y sorprendió a Aguilera, aquel mulatico cubano que, hablando un perfecto francés, le acompañó en su visita a Francia.  Y sorprendió a Martí, cuando lo conoce en La Habana y fue su amigo para siempre.  Y fue el ilustre letrado que fue y republicano que fue.

Nada nos asombre. En la historia todo puede ser explicado; nada debe ser ocultado.  La historia no se puede hacer con tijeras y con goma. No es posible.  No existe para nosotros hoy el suprimir de una fotografía a alguien porque después de… No, no.  Hay que explicar por qué estaba ahí, porque para traicionar hay primero que haber sido fiel; de lo contrario, es imposible ser traidor, ¿a qué?  Hay que explicar. Todo es explicable, todo es explicable.  No nos podemos imaginar de otra manera la historia.

Por eso, enseñar la historia y enseñar aparte el instrumento para analizarla nos parece esencial.  La propia Academia, Rector, ha planteado varias veces la necesidad emergente de separar la carrera de Historia de la carrera de Marxismo porque es indispensable que el instrumento científico para el análisis materialista de la historia se enseñe luego de haber aprendido Filosofía, como la aprendió Marx, que señalaba que para seguirle era necesario ir de lo general a lo particular y viceversa, y solamente ha de llegarse al final a tomar un instrumento materialista para analizar las cosas sobre una base que es cierta.

Es como si nos preguntan hoy cuál es el problema principal actual de la sociedad cubana.  Bueno, el principal problema y la base de todos los problemas es de carácter económico.  En el momento mismo en que la economía dé sus resultados, la sociedad se transforma, porque la inmensa superestructura que está erigida sobre una base económica que aún sigue siendo incierta, es la única que es capaz de poner las cosas en su lugar, y separar el mérito…  No es lo mismo, como decía el Ministro ayer en la Asamblea Nacional, ganar 600 pesos que ganar 3 mil.  Si gana 3 mil y ha trabajado y ha reunido mérito para hacerlo, que gane 3 mil o 10 mil.  Para eso está en Cuba, en los Estados Unidos y en todas partes del mundo una declaración de impuestos que uno hace de sus ingresos.  Y en Estados Unidos, como ustedes lo ven, puede aparecer cualquier pecado social, cualquiera, lo que no puede ocurrir es una evasión impositiva.  Si hay una evasión impositiva, el escándalo es mayúsculo, porque ellos sí entienden que el fundamento de su sociedad está basado en el dogma de un proyecto económico determinado, en este caso el capitalismo.

Me he metido en honduras, y no debe nunca, Rector, ponérsele en el difícil trance de escuchar cosas como estas, pero estaríamos encantados inclusive, como parte que somos de la Universidad de La Habana –y es el escudo que ustedes llevan bordado en su toga, y es el escudo glorioso que tenemos puesto aquí– de poder recibir la Facultad de Historia en nuestro edificio, y que el Rector pueda decir que la Facultad de Historia está allí.  ¿Por qué?  Porque nuestras clases las realizamos en  horario extralaboral y durante el día podemos nosotros, en nuestras magníficas aulas y magníficas condiciones, recibir una carrera tal y como clamamos que sea:       que los enseñe a pensar, que les enseñe la historia de verdad de nuestro país, que enderece las cosas, y que al mismo tiempo una flamante escuela filosófica les enseñe a pensar y a razonar, como se dijo del insigne maestro cubano cuando se hablaba de que nos enseñó el pensar, que es una facultad.

Los que no piensan son esas criaturas amables que encontramos en nuestro camino, que el otro día apareció en la prensa internacional un lindo artículo que decía: “Los perros de La Habana Vieja”; porque, en medio de la orfandad de los animales, abusados y golpeados, decidimos que se acogiera en cada lugar a un perro vagabundo, y para evitar la escena dramática de que se lleven al más fiel de los compañeros del hombre arrastrado por un pata, cazado con un lazo, todos llevan al cuello una identificación, un nombre, y hasta una firma mía; por tanto, me atribuyen a mí ser el propietario de todos los perros de la Habana Vieja. Pues entonces, sencilla y llanamente nosotros somos diferentes a esas amables y sensibles criaturas, porque tenemos algo que el filósofo planteó en su día: “Pienso, luego existo.” ¡Existamos!

Muchas gracias.

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