I Graduación “Emilio Roig de Leuchsenring”

Palabras del Maestro Mayor, Dr. Eusebio Leal Spengler, en la ceremonia de la Primera Graduación del Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana

Primer Vicepresidente del Consejo de Estado y del Gobierno, querido amigo Miguel Díaz Canel;

Querido Dr. Homero Acosta, Secretario del Consejo de Estado;

Magnífico Rector de nuestra Universidad, que preside este acto;

Magnífico amigo, gran amigo, Rafael Bernal, Ministro de Cultura;

Tan querido Abel, Asesor del Presidente, General de Ejército;

Querido padre Fray Manuel Uña, Rector de la Orden de Santo Domingo, fundadora en su día de la Universidad Real de San Gerónimo de La Habana, aquel año de 1728, el 5 de enero;

Queridas y queridos todos;

Queridos Vicedecano, miembros del claustro;

Queridos alumnos hoy ya graduados:

Nos reunimos en una ocasión trascendental para nosotros. Lo es, puesto que se trata de llegar al sexto año después de la ardua tarea de cumplir todos los días con el trabajo, y demostrar esa voluntad férrea que conduce al camino de un entendimiento superior de la cultura y de las ideas, es decir, de dedicar una parte de ese tiempo que sería técnicamente un tiempo libre, al más alto y más grande objetivo del ser humano, que es superarse y aspirar a la sabiduría, alcanzar el conocimiento.

San Gerónimo, ilustre discípulo de Orígenes, consagró su vida a leer en una cripta en la ciudad de Jerusalén los documentos antiguos, las Sagradas Escrituras. Su nombre, su austeridad –representada en el escudo de nuestra gloriosa Universidad de La Habana–, representan el triunfo del talento sobre la fuerza bruta, el triunfo de la verdad sobre la sinrazón.

Pensaba hace un momento en los días en que se elaboró la fundamentación de la carrera, en la petición al Jefe del Estado y jefe histórico de la Revolución Cubana, querido Comandante en Jefe Fidel Castro, de la creación de una carrera universitaria. Entonces, propusimos no sacarla afuera dentro de la corriente de la creación de sedes municipales, sino aspirar a colocarnos bajo el amparo de la Universidad de La Habana, que por su antigüedad preside entre iguales a ese ramo de rosas que son hoy las universidades de Cuba, con el orden de precedencia de sus fundaciones.

Y recordaba, además, lo crucial de la etapa previa: la tarea encomendada y llevada adelante por la Comisión de Carreras, presidida por mi querida colaboradora Raida Mara Suárez Portal, directora de Patrimonio Cultural de la Oficina, con el concurso de sus colaboradores, para ir modelando la idea en las reuniones con los funcionarios del Ministerio de Educación Superior. Solo cuando todo estuvo listo, presentamos a Fidel el resultado. El epílogo del encuentro fueron unas palabras que habrán de convertirse en lápida: “Que se enseñe en el Colegio Universitario lo que no se aprende en ninguna parte”.

¿Qué era ese llamado? ¿Cómo se encuadra ese llamado en lo que hacemos hoy, en la vida docente actual, en la recuperación legítima de nuestras tradiciones, en la forma y en el fondo? Porque es el fondo, la sustancia, la que dignifica las formas.

No puede olvidarse que cuando las formas se convierten en pleno artilugio merecen la censura, y tenemos el precedente de José Martí, cuando clama porque queden a un lado las universidades donde, por decadencia del pensar, se enseña poco en lugar de volver a la raíz y esencia de las cosas. Pues bien, la esencia de ese llamado es que lo más importante es el pensar.

En este lugar, para nosotros altamente simbólico –la Basílica Menor del otrora Convento de San Francisco de Asís, adjunta en su día a la de San Juan de Letrán, en Roma, desacralizada luego y convertida en escenario de grandes eventos–, ocurrieron en el horizonte del tiempo moderno cosas dignas de recordarse. Aquí se hablaron por vez primera las lenguas indígenas del continente americano, para poder avanzar al norte, a la Florida, y rumbo al sur al Perú, a las altas cumbres donde se fundaron ciudades y pueblos, y donde nacieron a partir de la voluntad creadora, bajo la bula In apostolatum culmine –en la cumbre del apostolado– primero la Universidad de Santo Domingo, República Dominicana, que no pudo ejercer hasta muy tarde su magisterio, razón por la cual la Universidad de Lima, la de San Marcos, tiene la primacía americana en el orden de la ejecutoria universitaria.

La nuestra, que data de 1728, lleva un título importante. Recuerdo cuando recibimos la copia facsimilar de la bula, y dice exactamente igual: “En la cumbre del apostolado, a la eterna sapiencia, a la eterna sabiduría”. A eso estamos consagrados.

Félix Varela, el que primero nos enseñó el pensar, como dijera José de la Luz y Caballero, quien precisamente pasó años de su adolescencia estudiando en este lugar, pudo haber estado sentado en cualquiera de las butacas de esta aula en este momento. Objetos personales suyos adornan esta sala, objetos del que fue el ilustre fundador del Colegio El Salvador, donde se formaron como en una artesa la pléyade de maestros que siguieron la augusta tradición cubana que pasa por Mendive y por Varona y llega hasta nosotros, y debe llegar hasta nosotros con lozanía y frescura.

Debemos trabajar y trabajar, no fatigarnos nunca de ese menester, combatir y luchar porque predomine en la sociedad cubana a la que aspiramos, el criterio martiano de alcanzar la mayor cantidad de justicia posible, haciendo sostenible en el tiempo y sustentable el sistema social que el pueblo cubano escogió, luchando por una utopía que a lo largo de más de medio siglo defendieron unos con la sangre, otros con la idea o sentados en el pupitre, tratando de transmitir a los demás ese sentido de pertenencia, ese sentido de cambio epocal al cual la humanidad tiene derecho.

No nos asombremos porque todo pueblo tiene derecho a sus propios extravíos, a andar por un camino hasta encontrar el suyo propio. Es ese también nuestro destino. El pueblo cubano, la Universidad, el alumnado, la juventud cubana debe hallar en los ejemplos que se han proclamado el verdadero y grande camino, que no es otro que el de la comunión de los saberes aplicados a una sociedad más justa, más equilibrada, más completa, más equitativa en todos los aspectos, y para eso es necesario estudiar.

Me satisface que entre los que se gradúan hoy, esté un grupo de jóvenes que recibí cuando ingresaron en la Escuela Taller, aún en la primera generación. Cuando me preguntaban qué hacer, respondí: se puede llegar, se puede llegar a través del bosque encontrando un hilo de agua que nos llevará al río mayor, a través del afluente y nos llevará al gran torrente. Ese gran torrente es el estudio superior, como un ejercicio de preparación para servir.

No nos cansemos nunca de servir. Nadie da lo que no tiene y, por tanto, para dar hay que tener. Cuando se tiene dinero y se comparte, queda menos. Cuando se tiene comida y se comparte, queda menos. Pero cuando se tiene sabiduría y se comparte, se multiplica. Y esa multiplicación del saber, que es la multiplicación del pan, que es la multiplicación del espíritu humano, es lo que el Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana ha tratado de propiciar en medio de nuestras imperfecciones, porque toda obra supone que sus creadores le otorguen y retraten en ella –como el pájaro construye el nido– sus luces y sus sombras. ¡Pero qué fácil resultaría asomarnos al mundo de las sombras, sin tener la capacidad de ascender allá, al punto supremo de la espiral donde nada llega del fango, y la sangre que cuesta hacer las grandes cosas!

Es necesario involucrarse, es necesario entrar de lleno al ruedo de la historia, es necesario batallar. Hace falta llevar en la mano, como los antiguos, la justicia y la misericordia. Porque como decía el Comandante Ernesto Guevara de la Serna, el hombre ha de ser lo primero, y su salvación ha de ser nuestra preocupación. Y no hay errores, excepto uno mortal, que no pueda ser mitigado por su voluntad de superación y de cambio, y para eso se requiere la mano generosa; en el caso de la universidad, sostenidos todos, retenidos todos y abrazados todos por el Alma Mater que preside nuestra magna escalinata, y que recibe con los brazos abiertos a todos los que entran en la casa del saber.

Me complace, repito, que entre los graduados esté un grupo de alumnos de la Escuela Taller. Allí entraron rebeldes, porque no querían estudiar carreras. Se hace bien cuando se dice que los jóvenes se parecen más a su tiempo que a sus padres. Se dice verdad. Y los padres venían todavía protectores hasta el último momento: “Quiero traerlo…”, “lo acompaño mañana…”. Decía yo siempre: “déjalo, que venga solo, que se abra camino”.

De tal suerte, alfeñiques se convirtieron en Hércules en la herrería; jóvenes que se creyeron inhábiles en el trabajo de la mano –que no puede ejecutar nada sin que la inteligencia y el corazón lo manden– se convirtieron en artistas y, luego de tener el dominio del fuego, del trabajo, dijeron: “hace falta más ciencia”. Nosotros también así lo consideramos. Y cuando se decidió convertir en ciencia la larga experiencia en la Oficina del Historiador, a partir de la obra de su predecesor de feliz memoria, el Doctor Emilio Roig de Leuchsenring, evocamos en él esa voluntad, ese deseo y esa acumulación de sabiduría que mis colaboradores de hoy, y los que han de venir mañana, han atesorado y multiplicado por cientos y por miles.

Todos los días se ha de aprender y de colocar en el arco de nuestras vidas esa piedra clave que es el conocimiento y nuestra espiritualidad. Esa es en definitiva la promesa. Que vivamos a partir de hoy y apliquemos lo que hemos conocido, primero a favor de la Patria grande, nuestra madre amantísima a la que todo debemos, y repitamos aquellas palabras que gozaba Cintio Vitier en decir, cuando escogiendo un fragmento de un pensamiento martiano repetía con la voz clara y bien timbrada del poeta: “¡Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra: cubano!”

Muchas gracias.

 

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