Una clase diferente

Por: Dr. Luis Alberto Barreiro Pousa

Fotos: Paola Hornedo, Danay González

Todavía no me pongo de acuerdo conmigo mismo si estaba accediendo a una invitación de un colega para visitar su clase, si estaba realizando un control a clase o aprendiendo como un estudiante más.

Cuando uno tiene más de 40 años de experiencia docente, con frecuencia siente que hay poco o nada que aprender en materia pedagógica. Y cuán equivocado se está. Basta enfrentarse a un muy joven profesor para darse cuenta que nos puede mostrar otra perspectiva de la docencia.

El pasado lunes 13 de marzo tuve la oportunidad de acompañar al profesor Michael Sánchez con su grupo de cuarto año de la carrera, en una clase práctica de la asignatura Introducción a la arqueología.

Perdonen los lectores si abuso del vicio profesional de profesor de experiencia que disecciona la clase, pero desde el punto de vista metodológico la clase se desarrolló de acuerdo a los más clásicos patrones: se inició con una ubicación en el tema, se esclarecieron los objetivos a lograr en la misma, se realizaron resúmenes parciales y finalizó con las conclusiones que resumieron la actividad, indicaron la bibliografía a emplear para reforzar lo aprendido y se orientó una tarea extraclase para desarrollar el estudio independiente mediante la aplicación de conocimientos.

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Lo totalmente diferente y poco ortodoxo fue el escenario: el barrio Los Pocitos, un asentamiento informal, zona llamada en erradicación, en la que se cambió la confortable aula del Colegio por el incómodo vagar por callejuelas improvisadas, escaleras naturales de piedras, fango, vertederos y, en medio de la fealdad,… iban apareciendo los testigos arqueológicos no solo materiales como la Fuente del chorro, que le da nombre al barrio, sino inmateriales como fueron los templos Abakuá, religión practicada solo en La Habana, la ciudad de Matanzas y Cárdenas, revelando una tradición de alto valor patrimonial.

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La visita al sastre “Naldo”, quien confecciona los trajes ceremoniales Abakuá fue una revelación: poder sentir sobre el cuerpo esos trajes, hacer sonar los cencerros que constituyen accesorios del traje, las indicaciones que nos brindaba para su uso y movimiento, fue una experiencia que no puede lograr ninguna clase magistral, ni ningún estudio independiente con textos imprescindibles. Me vinieron a la mente las maravillosas interpretaciones de Merceditas Valdés para ilustrar las clases de Don Fernando. ¿Un episodio de memoria afectiva?.

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Y por si esto fuera poco, hay que añadir que a lo largo del recorrido los estudiantes pudieron percatarse del respeto con que tratan los moradores del barrio al profesor. Abundaron desde los saludos corteses, hasta los apretones de mano con la alegría del encuentro con el promotor del proyecto Akokán. ¿Habrá manera mejor de educar mediante el ejemplo?

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Esa es la otra dimensión que quisiera develar para concluir esta imprescindible crónica: observé en los alumnos, sus caras, sus preguntas, la comunicación no verbal proyectada; todo indicaba que estaban inmersos en el proceso, descubriendo una realidad desconocida, no solo en términos de contenido, sino social. No estaban limitándose a “estar” en una clase, sino razonaban, establecían relaciones en un franco proceso de enseñanza aprendizaje donde este último era el protagonista pues aprendían por si solos gracias a la guía certera y los señalamientos oportunos del “enseñador” acerca de un dato, un detalle oculto, una referencia a algo conocido.

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Pero la clase no concluyó ahí…olvidemos los 100 minutos establecidos por el horario, con diez de receso. Terminó en casa del profesor donde, entre bebidas refrescantes y algunos “tentempié” para recuperar el cansancio, la sed y el hambre, se continuó hablando del tema y es que los muchachos quedaron tan “conectados” que no hablaban de otra cosa y proyectaban actividades futuras. Solo a intervalos algún que otro comentario ajeno.

Si soy justo tengo que reconocer que participé en otra experiencia similar con los estudiantes de la profesora Leonor Amaro, en su curso La presencia histórica de España en el patrimonio habanero, con estudiantes de sexto año, cuando visitamos el Espacio Barcelona-La Habana. Ella no es tan joven como el colega a quien dedico esta reseña, por eso dejo esa crónica a ella, con mayores dotes para esta labor.

Todo parece indicar, entonces, que no resulta un ejemplo aislado lo que presencié, sino una demostración más de las amplias posibilidades de desarrollar un nuevo estilo de docencia más vinculado a la realidad concreta y que se aviene muy bien al objeto de estudio de nuestra carrera: el patrimonio cultural, que requiere de otro enfoque de la docencia en tiempos diferentes, con estudiantes que poseen motivaciones y vivencias propias de su tiempo y de los que se requiere una sensibilidad especial para acercarse a la gestión del patrimonio en cualquiera de sus manifestaciones. Es nuestro reto como formadores.

¿Acaso estaremos madurando la realización del sueño del Dr. Leal de formar discípulos y no alumnos en nuestro Colegio? Que así sea.

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