Palabras del Dr. Eusebio Leal Spengler

PALABRAS DEL HISTORIADOR DE LA CIUDAD, EUSEBIO LEAL SPENGLER, EN LA INAUGURACIÓN DE LA UNIVERSIDAD DE SAN GERÓNIMO.  (Noviembre del 2006)

Hace un poco más de dos décadas, una tarde, con una importante visita de Estado, el Jefe de la Revolución llegó a aquella esquina, la de Obispo y Mercaderes, y me preguntó sobre este sitio, que siempre le había parecido anacrónico.  Le expliqué que hasta 1958 se conservaron aquí parte de las ruinas del monasterio de San Juan de Letrán, fundado por los padres dominicos en 1578, y que un proceso de especulación inmobiliaria iniciado en 1916 había comenzado a demoler lentamente aquella hermosa construcción que debió darle mayor importancia y significado al Centro Histórico de la Habana, hoy patrimonio de la humanidad.

Él me preguntó: “¿Qué hacer, qué podemos hacer?”  A partir de ese momento, y muchos años después, volvimos a hablar del tema.  Ya él había madurado la idea de que era posible hacer desaparecer definitivamente o de alguna manera el insólito anacronismo.  No se trataba de una obra bella de la arquitectura, porque la modernidad tiene también un espacio en los centros históricos.  Cuando José Martí supo de la construcción de la Torre Eiffel en la  ciudad de París hizo el siguiente comentario: “La modernidad se ha erigido su propio monumento.”

Hoy no podríamos explicar aquella ciudad ni otras sin obras de carácter contemporáneo. Pero la nuestra no reunía esas cualidades; se trataba de un edificio inacabado, y como inacabado fue utilizado luego del triunfo de la Revolución en enero de 1959 en varias funciones de carácter público: el Instituto Nacional de la Reforma Agraria, el primer Ministerio de Hacienda, el Ministerio de Educación, y  otras funciones, incluyendo la fundación  por parte de esa alta instancia de la educación y la cultura de una biblioteca pública con el nombre de Rubén Martínez Villena.

Pero llegó el momento en que ese comentario y ese diálogo se hicieron más intensos.  Comenzaba ese período que llamamos especial, en que por azares del destino algunos de los compañeros que están aquí nos vimos cara a cara mucho tiempo, muchos días y muchas noches, y fue entonces cuando cristalizó la idea:  cambiar, transformar,  si fuese necesario, demoler.  Esto último presentaba una serie de complejidades, sobre todo que al demoler lo construido nos quedábamos sin nada, y el emprender un proceso de construcción colocaba sobre el tapete nuevamente la duda: ¿cómo será, la mimética reproducción de lo que existió, o algo de nuestro tiempo?  Fue entonces cuando en diálogos intensos con varios colaboradores nuestros, y finalmente con el arquitecto José Linares, llegamos a una conclusión: ir al pasado desde el futuro.  Esto era importante, asentar no solamente el contenido sino el continente.  La idea debía evolucionar aún hasta llegar a la creación del Colegio Universitario.  Pasaba por usos diversos en el cual, en el espacio nuevo, la cultura tendría uno realmente importante; mas finalmente, con el sentido ilustrado y con la visión que siempre le caracterizó, optó por esto último: ha de prevalecer el  uso cultural y la finalidad educativa, honraremos así los precedentes y la evolución que la concepción ha tenido en el tiempo.

En 1515 los dominicos llegaron a Cuba y ya en la villa de Trinidad un hombre muy importante, exaltado por José Martí en la Edad de Oro como figura clave para la comprensión de Nuestra América, Bartolomé de las Casas, renunció a todo compromiso con el mundo, con el orden material injusto, protestó, dando con otros hermanos suyos inicio a la creación del humanismo moderno como concepto filosófico y sociológico.  Posteriormente los dominicos serían herederos de esta doctrina y de esta idea. El Apóstol llamaría de forma clara a aquellos fundadores con estas palabras: “A los dominicos,  buenos siempre para América y para Cuba”.

En 1728, después de haberse ejercitado en la educación durante casi medio siglo, pretendieron levantar en este lugar su casa, universidad propia.  Hasta ese momento los grados académicos dependían de las dos universidades más próximas: la de México, Real de Derecho, y la Universidad de San Marcos de Lima.  La Universidad  Primada de América, creada por la bula in apostolatum culmine, en la cumbre de nuestro apostolado, en la Isla Española Santo Domingo, hoy República Dominicana, no pudo ejercer hasta muy tarde su magisterio, por tanto aquellas fueron las primeras.  Y a partir de ese momento, como una singularidad de la nueva historia de América aparecieron las universidades en nuestro continente, equiparadas en derecho a aquellas más importantes como la de Valladolid o la de Alcalá de Henares.

De esta manera, en 1728, el cinco de enero, pudo realizarse finalmente el empeño y cristalizó en documentos, cédulas, bulas apostólicas, inscriptas todas en la lápida monumental que hace pocos meses fue colocada, en vísperas del 13 de agosto del año en curso.

Creada aquella universidad y establecido en este camino una bella relación con otra institución que posteriormente tendría gran peso en la cultura y en la historia de Cuba: el Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio, los estudiantes pudieron recorrer la calle de los Mercaderes y asistir a clases.

Tanto el rector y ministro Juan Vela, como Carlitos Lage Codorniú, nos han explicado un poco del elenco de alumnos ilustres de esta universidad durante un tiempo, que ahora parece acortado por la imaginación y por nuestra llama que encendemos esta tarde: el Padre de la Patria, fundador de la nación, el eximio Ignacio Agramonte, Francisco de Arango y Parreño y otros tantos próceres, incluyendo más tarde al venerable José de la Luz y Caballero y al propio Enrique José Varona, padres de la pedagogía cubana, caminaron por estas calles e ingresaron por el pórtico magnífico, todo lo cual materialmente se había perdido.

De esa manera concebimos la idea de presentar al Jefe de la Revolución un proyecto, y buscar un equipo de trabajo del propio Consejo de Estado dirigido por el  ingeniero Jorge Candelaria, con la participación de otros arquitectos y proyectistas nuestros de la Oficina del Historiador y otros y otros expertos de otros organismos, trabajadores de nuestra institución en sus empresas constructoras, Puerto Carenas, del Malecón, de Restauración de Monumentos, y una página particular para los niños de la escuela Melchor-Gaspar de Jovellanos, la escuela de Artes y Oficios, cuyos canteros trabajaron en la colocación del bello pórtico con un  peso de 86 toneladas, compartiendo las jornadas laborales con los canteros que vinieron de la amable tierra michoacana donde nacieron Morelos e Hidalgo.

Pero ya estaba en ciernes el Colegio Universitario.  ¿Cómo le llamaríamos?, dije a mi dilecta colaboradora, licenciada Raidamara Suárez, que tendría a su cargo la organización de la idea, la misma que habíamos presentado en su momento al ministro José Ramón Fernández y luego a nuestro rector Vela, y también al Ministro de Educación Superior Fernando Vecino Alegret.  Todos coincidieron en que debíamos trabajar en la creación de algo singular y diferente.  Así nació un Colegio Mayor, que será su jerarquía, como una facultad universitaria independiente de nuestra gloriosa y esencial Universidad de la Habana, cuyo 280 aniversario celebraremos dentro de dos años.  Este Colegio Universitario acogería en primer término a la cantera de jóvenes que se han formado en la restauración del Centro Histórico, algunos de los cuales son hoy ya maestros de nuevos alumnos porque una vez fueron también alumnos nuestros.  Una carrera que será preservación del patrimonio cultural, la gestión del patrimonio cultural a través de una carrera universitaria en la cual tributan todas las especialidades que son propias de nuestro menester: la historia en todas sus especialidades, la restauración de centros históricos habitados, la arquitectura y el paisaje, la ingeniería, como especialidades que se tendrán en el Colegio Universitario después de haber obtenido estos lauros tanto en la ciudad universitaria José Antonio Echeverría o en nuestra propia colina universitaria, pero también la paleografía para poder transcribir los documentos antiguos, las lenguas que llamamos muertas, para poder leer las lápidas, las inscripciones y los manuscritos, el latín y el griego, y las lenguas americanas, incluyendo el nahuatl, el quechua, el aymara y todo lo que sea necesario para la interpretación de América.  Estudiar la historia de la formación de la sociedad, de sus distintos regímenes sociales, de la filosofía como ciencia.  Recuerdo las palabras del Comandante en Jefe: “Debemos estudiar filosofía.” Recordamos las hermosas palabras de Marx:  El que quiera seguirme tiene que saber ir de lo general a lo particular y viceversa; estudiar, además, la historia de los pueblos antiguos del continente, la arqueología urbana y del período virreinal o colonial,  la música antigua, todo lo que contribuya a la formación, la historia de las grandes religiones universales con su pensamiento sobre el mundo, de tal manera que podamos ser útiles al desafío que los tiempos modernos piden de nosotros.

Finalmente todo esto se hizo realidad material, y guardando durante años piezas dispersas en distintos lugares todas ellas se reunieron para formar el museo; se reunieron los libros y manuscritos para la biblioteca que se ordenará a partir de enero; se pensó en la necesidad de la cúpula astronómica para recordar que fue el Centro Histórico la cuna de tan altos estudios, la mapoteca, la fototeca, el archivo
–donde están los documentos más antiguos desde 1550  hasta la última semana– y finalmente las aulas universitarias, la sede también de la  Academia Cubana que reúne hoy a los más prestigiosos o a una selección y representación de los más prestigiosos intelectuales cubanos.

De esta manera el sueño cristaliza, y estuvo listo y preparado para que el 13 de agosto comenzaran los actos para ofrecer como presente de la nación cubana al Jefe de la Revolución aquel sueño por él tantas veces acariciado, resuelto y finiquitado.

Es por ello que en el día de hoy siento una profunda satisfacción porque en el público están los alumnos ya seleccionados para comenzar en breve las clases universitarias, porque ya surgen de esa masa de más de 1 200 licenciados de nuestras universidades que trabajan en la Oficina del Historiador, de los cuales más de 250 son arquitectos e ingenieros, como cantera de profesores y de alumnos para una escuela nueva.

Y qué hermoso es que en día de hoy, al dejar reunidas estas piedras y  borrado el agravio del tiempo, podamos presentarlos a todos aquellos que han venido de los rincones más diversos de la tierra para conmemorar el 80 aniversario del natalicio del Jefe de la Revolución Cubana, nuestro Comandante en Jefe.  Llegue hasta él, convaleciente, nuestro emocionado recuerdo, nuestra gratitud por su empeño, nuestra gratitud por haber permitido que toda esta zona no haya sido devastada, porque su idea más firme y tenaz fue salvar el patrimonio cultural sin venderlo, conservarlo y salvarlo, crear un método eficaz y eficiente para que la restauración, que de otra forma  sería inacabable, pudiese en un espacio breve de tiempo mostrar resultados.

Hoy los primeros resultados están aquí, no solo en el Colegio, que va a consolidar intelectualmente todo cuanto hemos hecho en la praxis, lo más importante es la convivencia entre una comunidad humana y su ciudad histórica, la recuperación por parte de ella de una memoria que le permite en cada esquina, en cada piedra, en cada árbol, en cada libro escrito, hallarse presente y mirarse como un espejo.  Y reconocer, como ya se dicho, que en esa preservación está el ancla, la clave fundamental, la piedra angular de la subsistencia de un pueblo que ha proclamado universalmente su derecho a existir, su derecho a ser, su derecho a su propia identidad, a su propio carácter, a escribir su propio destino, a salir hacia el mundo con sus propias determinaciones.

A usted, maestro nuestro, en su 80 aniversario este regalo muy hermoso.  Los que están  metidos en esta casa parecen ser como los fantasmas evocados por Martí en su verso emotivo cuando recordaba a los jóvenes estudiantes del  ‘71, que precisamente de aquí, de este lugar, fueron sacados al martirio; al recordar la figura magistral de Céspedes, Padre de la Patria, arco fundador, alumno de esta escuela, al recordar el verso encendido de Agramonte en la defensa de los principios de su doctrina jurídica en esta casa, todo ello está ahora aquí, y nos acompaña.

Gracias por haber venido todos hoy.  ¿Cómo agradecerles a todos y a cada uno por su confianza, por su apoyo moral,  por su brazo extendido?  ¿Cómo agradecer a los obreros incansables que día y noche colocaron piedras para que usted tuviese el 13 de agosto esta magnífica satisfacción?  Ahora podrá verlo seguramente, y ellos y yo depositamos ante usted y ante esas memorias, siempre veneradas, lo que hemos hecho, cuanto hemos hecho y cuanto se hará.

Muchas gracias.

(OVACIÓN)

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