Discurso pronunciado por el Dr. Félix Julio Alfonso López en el acto de ingreso a la Academia de la Historia de Cuba.

Discurso pronunciado en la tarde del 12 de diciembre de 2017 en el Aula Magna del Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana, por el Dr. Félix Julio Alfonso López, quién recibió la condición de Académico de número de la Academia de la Historia de Cuba (AHC).

Fotos: Néstor Martí

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Honorable Presidente Dr. Eduardo Torres Cuevas

Distinguidos Académicos de número y concurrentes

Invitados y amigos:

Deseo comenzar mis palabras, expresando mi profunda gratitud al Dr. Eusebio Leal Spengler, quien presentó mi nombre a vuestra consideración, para integrar la membrecía oficial de esta ya centenaria corporación. En el día de ayer, 11 de diciembre, se cumplió medio siglo de su condición de Historiador de La Habana, cargo en el que sucedió a su maestro el Dr. Emilio Roig, uno de los pilares de nuestra tradición historiográfica del siglo XX. De igual modo agradezco a todos los académicos de número, y en particular a aquellos que fueron mis profesores en las aulas universitarias, por su generosidad al aceptarme en esta prestigiosa asamblea de historiadores. También expreso mi profundo agradecimiento a la Dra. Ana Cairo Ballester, maestra mía en sus libros y en su cubanísima elocuencia, por sus palabras que tanto aprecio.

Les ruego me permitan iniciar este discurso de ingreso a la Academia de la Historia de Cuba con una breve memoria personal. Los primeros libros de historia que leí, estaban en el modesto librero de mi abuelo paterno, que había sido trabajador azucarero en la provincia de Las Villas. Allí descubrí, en las ediciones que se hicieron para el Centenario de 1868, los volúmenes de La Revolución de Yara, de Fernando Figueredo; las Crónicas de la guerra, de José Miró Argenter, y los Episodios de la revolución cubana de Manuel de la Cruz, cuyo precioso retrato al óleo conservo hoy a la entrada de mi oficina. Debo confesar también que me atrajeron otros títulos de aquel pequeño estante, para escándalo de mi profesora de primaria, una antigua maestra normalista, que le pidió a mi abuelo que no me dejara seguir leyendo El Decamerón, de Giovanni Boccaccio. En la enseñanza secundaria y en el bachillerato, seguí frecuentando textos relacionados con la historia de Cuba, pero entonces me cautivaron más los relatos de Pablo de la Torriente Brau, el libro de Raúl Roa sobre su abuelo mambí y los poemas de amor de Rubén Martinez Villena.

En mi último curso de preuniversitario, en el año 1989, participé en el concurso nacional de historia que convocaba el Ministerio de Educación, y allí gané una medalla de plata, que todavía guardo; pero lo más trascendente fue conocer al Dr. Alejandro García, cuyo libro en coautoría con Oscar Zanetti sobre los ferrocarriles ya había llamado mi atención, y que fue quien guió nuestro recorrido por el Museo de la Revolución, antiguo Palacio Presidencial. También en aquella ocasión, de paseo por la calle Obispo, me detuve por primera vez a escuchar las palabras rumorosas que pronunciaba, con singular pasión, un joven maduro de pelo negro y vestimenta gris, a quien ya conocía por su programa Andar La Habana.

En septiembre de 1990, empecé la carrera de Historia en la Universidad de La Habana, en los albores de un lustro preñado de sueños y dificultades. Mi compañero académico y amigo Yoel Cordoví, puede dar fe de aquellos extenuantes viajes en bicicleta desde la beca hasta la universidad, donde nos esperaba un grupo de sabios y estrictos profesores, celosos depositarios de un saber en el que sus jóvenes discípulos nos saciábamos con avidez. Me es imposible mencionarlos a todos, pero mi recuerdo emocionado para dos de ellos, ya fallecidos, Oscar Loyola y Aurea Matilde Fernández. De aquel claustro de profesores de la carrera de historia, conservo una memoria grata, y debo decir que buena parte de lo que soy se lo debo a ellos, que fortalecieron mi espíritu en tiempos de grandes escaseces materiales. Me enseñaron los grandes nombres y las obras imprescindibles de la historiografía cubana y universal, me iniciaron en el arduo oficio de investigar y pensar históricamente, sin dogmatismos y con imaginación. Si algo le reprocho a aquellos años procelosos, es no haber tenido más tiempo para estudiar, pues había que hacerlo en medio de penurias sin cuento y prolongados apagones.

Dejo aquí esta evocación personal, para compartir con ustedes unas breves reflexiones en torno a una cuestión que me apasiona, y es el tema de la historiografía (entendida como escritura de la historia y la naturaleza del lenguaje en que esta expresa la realidad) y sus semejanzas con el discurso literario, un tópico que hunde sus raíces en los orígenes mismos de la disciplina en la Grecia clásica. Como es conocido, el llamado “padre de la Historia”, Herodoto de Halicarnaso, fue denostado como “embustero” por Estrabón y Plutarco, por el encanto de su estilo y lo maravilloso de su relato, mientras que historiadores posteriores como Tucídides y Polibio, decidieron marcar distancia con los poetas trágicos.

Para el gran escritor satírico Luciano de Samosata, la historia se ridiculizaba al cubrirse con los “adornos” de la poesía. La cuestión pareció zanjada cuando Aristóteles, en su Poética, sentenció: “La distinción entre el historiador y el poeta no consiste en que uno escriba en prosa y el otro en verso; se podrá trasladar al verso la obra de Herodoto, y ella seguiría siendo una clase de historia. La diferencia reside en que uno relata lo que ha sucedido, y el otro lo que podría haber acontecido. De aquí que la poesía sea más filosófica y de mayor dignidad que la historia, puesto que sus afirmaciones son más bien del tipo de las universales, mientras que las de la historia son particulares”.

Expulsada del parnaso de las Bellas Letras, y reticentes las ciencias naturales y exactas a otorgarle un régimen similar al suyo, la historia ha debido labrarse durante mucho tiempo su propio camino, en una por momentos embarazosa “tercera vía”. Desde una atalaya romántica, el historiador británico del siglo XIX Thomas Macaulay decía: “La historia ha sido siempre una tierra en disputa. Ocupa los confines de dos territorios diversos. Se encuentra bajo la jurisdicción de dos fuerzas hostiles (…) en lugar de compartirla por igual sus dos gobernantes, la Razón y la Imaginación, la historia pasa alternadamente del gobierno absoluto de una al de la otra. A veces es ficción, a veces es teoría”.

En esta búsqueda angustiosa, la historiografía sigue bregando contra las “seducciones” de la literatura. Lo prueba la reciente publicación por un joven historiador francés, Ivan Jablonka, de un libro titulado La historia es una literatura contemporánea, que lleva como subtitulo: Manifiesto por las ciencias sociales. Jablonka esgrime como argumento para publicar este texto, justificar otro anterior, bajo el rótulo de Historia de los abuelos que no tuve, donde narra los avatares de una pareja de judíos polacos comunistas, sus abuelos, asesinados en el campo de concentración de Auswichtz. El libro obtuvo varios premios importantes, entre ellos el Premio del Sena­do para libros de historia, el Premio Guizot de la Aca­demia Francesa y el Premio Thierry. Pero más allá de estos reconocimientos, según la propia confesión del autor, se sintió más a gusto relatando la historia de sus abuelos judíos polacos, porque ensayó una “forma pirata (…) cuya naturaleza historiadora y literaria es imposible de decidir”.

¿Quiere decir esto que la relación entre historia y literatura debe presentarse bajo una “forma pirata”, donde se toma por la fuerza lo que pertenece a una para adjudicárselo a la otra? la respuesta no parece ser definitiva ni tampoco recíproca. Estamos pues ante una cuestión compleja, objeto de fuertes controversias en las últimas décadas, y que se puede prestar a equívocos si no diferenciamos desde un inicio que la “literariedad” de un texto historiográfico no es lo mismo que su “discursividad”, pues lo primero concierne a cuestiones de estilo y modos o técnicas de narrar, mientras que lo segundo refleja la organización del material investigado y su “gestión” como parte de un discurso.

El historiador británico Perry Anderson ha señalado, no sin ironía que: “Por supuesto que existe una larga tradición de la práctica histórica como rama de la literatura, pero esta asociación en general ha consistido en una estudiada elegancia (o extravagancia desenfrenada) de estilo –Gibbon o Michelet– más cercana a la imaginación que al registro, o en la cuasi-reproducción de géneros literarios para la construcción de narrativas. Por razones obvias, se ha recurrido con más frecuencia a la épica y a la tragedia –Motley o Deutscher– que a la comedia o al romance”.

Como sabemos, en la primera mitad del siglo XX el método “narrativo” desplegado por la historiografía positivista entró en crisis, con su paradigma grandilocuente y descriptivo. La escuela histórica francesa, nucleada en torno a la revista Annales, reprochó ásperamente a la historia “narrativa” positivista, argumentando que ofrecía “destellos, pero no iluminaciones; hechos, pero no humanidad”.

Distingo aquí esa manera candorosa de narrar la historia como una sucesión de grandes acontecimientos y biografías de personalidades notables, de la tradición contemporánea que defiende la condición narrativa del relato historiográfico, —apartándose de las nociones positivistas del siglo XIX—, vinculada a la epistemología del “giro lingüístico”, la teoría crítica, el deconstruccionismo y otras hermenéuticas del discurso.

Si en el siglo XIX Alejandro Dumas había felicitado a Lamartine, por haber elevado la historia a la misma condición de la novela, el teórico alemán Siegfried Kracauer sugirió que la ficción vanguardista del siglo XX, y sobre todo la “descomposición de la continuidad temporal” que tiene lugar en las obras de James Joyce, Marcel Proust y Virginia Woolf, ofrecía un desafío y una oportunidad a los narradores históricos. El crítico literario escocés Lionel Gossman, se preguntaba años más tarde, quien podría ser el Joyce o el Kafka de la historiografía moderna. Golo Mann, un historiador con una prosapia ilustre en la historia de la literatura germánica, —hijo de Thomas Mann y sobrino de Heinrich Mann—, ha sostenido que los historiadores deben “nadar con la corriente de los acontecimientos” y “analizarlos desde la posición de un observador posterior y mejor informado”, y ambas operaciones deben realizarse “sin que la narración se disgregue”.

El notable historiador italiano Carlo Ginzburg, uno de los fundadores de la microhistoria e hijo de la narradora Natalia Ginzburg, señala en un provocador ensayo que Balzac—“aquel gran historiador” como lo llama Baudelaire— había hecho explícito su desafío a los historiadores del siglo XIX y Stendhal había hecho lo mismo, pero implícitamente, con la historiografía del futuro. En su criterio, el autor de El rojo y el negro “por medio de un relato basado en personajes y acontecimientos inventados, (…) intentaba alcanzar una verdad histórica más profunda”. Tomando como punto de partida las consideraciones del crítico alemán Eric Auerbach en su libro Mimesis.La representación de la realidad en la literatura occidental (1946), Ginzburg concluye que los procedimientos narrativos de Stendhal, en particular el discurso directo libre, sería de mucha utilidad para la narración historiográfica, en tanto que: “Los procedimientos narrativos son como campos magnéticos: provocan preguntas y atraen documentos potenciales. En ese sentido, un procedimiento como el discurso directo libre, nacido para responder, en el campo de la ficción, a una serie de preguntas planteadas por la historia, puede ser considerado un desafío indirecto lanzado a los historiadores. Un día ellos podrán hacerlo propio, en formas que hoy no logramos imaginar”.

El gran medievalista francés Georges Duby, en una entrevista de 1984, a propósito de su gran libro El tiempo de las catedrales, publicado originalmente en 1976, respondía: “fue una obra que me permitió llegar a un público más amplio y que satisfizo mi deseo de escribir libros de historia como si fuesen libros de literatura. Existe en Francia una curiosidad tal por la historia que el deber de los historiadores profesionales es también el de ser verdaderos escritores. No sería lo que soy si no hubiese tenido, a lo largo de mi vida, una familiaridad con los libros, particularmente con la novela, y si no hubiese tenido el gusto de escribir, placer que es tan doloroso y tan gratificante a la vez”.

El historiador británico Peter Burke señala, además de la pretensión de los historiadores de ser ellos mismos escritores de “narrativa”, el hecho no menos importante de que los historiadores “han visto que muchas de sus fuentes se convierten en historias relatadas por personajes concretos, en vez de ser reflexiones objetivas sobre el pasado”. Burke cita en su auxilio el libro de Natalie Zemon Davies Fiction in the Archives, donde la autora del best seller historiográfico y cinematográfico El regreso de Martín Guerre, argumenta que muchas peticiones de clemencia dirigidas al rey de Francia por acusados de homicidio, en realidad alegaban que habían llegado a matar en espera de lograr la amnistía real. Ello lo lleva a afirmar que: “lo que los historiadores escriben actualmente son narrativas sobre narrativas”. O dicho de otra manera: “la narración no es en historiografía más inocente de lo que lo es en la ficción”.

En este sentido, concluye Burke, dado que al historiador no le es dado el recurso de sustituir la realidad mediante ficciones literarias, su reto estaría en generar un discurso narrativo con sus propias “técnicas de ficción” para relatar “obras veraces”. Entre estas novedosas técnicas estaría la “micronarración” al estilo de Ginzburg, el “relato de emociones” que realiza Natalie Zemon Davis, el “montaje” biográfico que opera el sinólogo Jonathan Spence violentando la cronología, la historia “retrospectiva” o el recurso de contar la misma historia de maneras diferentes dentro de un mismo libro. No debemos olvidar que, de algún modo, los historiadores funcionan al estilo de los narradores omniscientes en literatura, pues su conocimiento de los hechos que narran es casi absoluto.

El historiador, entonces, debería sentir el mismo terror ante la página en blanco que experimentan los escritores de ficción. No basta únicamente con tener algo que decir, es decisivo también el modo de narrarlo. La noción de la historiografía como “novela verdadera”, de que hablaba Paul Veyne, no solo debería ser un documento veraz y comprobable científicamente, sino también un texto imaginativo, sutil, que nos seduzca y nos apasione en su lectura. Es evidente, al menos para mí, que el rechazo de la narrativa como modalidad discursiva no implica ningún grado de legitimidad o certidumbre científica para quien investiga. Incluso, esta posición puede llevar a corolarios perversos, como los que ha señalado la ensayista argentina María Inés Mudrovcic: “la devaluación de la narración como estrategia discursiva de la historia trajo aparejada una brecha creciente entre la comunidad de historiadores profesionales y la sociedad en la cual esta está inserta. El universo conceptual de aquellos permanece ajeno a la gran mayoría de sectores sociales, desvinculado de los intereses que permitirían pensar la realidad presente como resultado de un proceso histórico”.

Aquí debemos destacar que, desde la perspectiva de la recepción de la obra historiográfica, el destinatario del texto también forma parte de esas estrategias discursivas del historiador, pues aquel busca propiciar en el lector una respuesta interpretativa determinada. De igual modo, es indiscutible que más allá del limitado universo de la disciplina académica, presente en las universidades o en los centros de investigación, la historia sigue ejerciendo una enorme fascinación sobre amplios sectores sociales quienes, en ausencia muchas veces de obras historiográficas agradables y seductoras, la consumen a través del periodismo especializado, las series de televisión y películas, o del voluminoso catálogo de las novelas históricas, cuyo análisis desde la historiografía merecería otros estudios críticos. Al final, quizás sea cierto lo que afirma el historiador francés con el que inicié estas páginas: “la historia es más literaria de lo que pretende; la literatura, más historiadora de lo que cree”.

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