Siguiendo la ruta de cafetales en Las Terrazas

Por: Paola Hornedo

Fotos: Danay González

Algunos ya pensábamos un plan B, pero siempre queda esa gente positiva de cada grupo armónico que nos recuerdan que la esperanza es lo último que se pierde. La guagua esperada nos devolvió la ilusión, y aunque un poco apretados nos llevó al sitio más verde que he visto.

Convocado por el Proyecto comunitario y de extensión “Akokán Los Pocitos”, adscripto a la Cátedra Emilio Roig del Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana, y en el marco del taller: Temas críticos del patrimonio desde la cultura y la religiosidad afrocubanas, tuvo lugar el pasado domingo 7 de mayo la visita a la Comunidad Las Terrazas, en la vecina provincia de Artemisa. De la mano del coordinador principal del proyecto, el profesor Michael Sánchez Torres, continuamos la ruta de nuestros afrodescendientes, esta vez con el fin de reflexionar sobre los puntos de contacto con el entorno natural y los modos de gestión sostenibles desde la cultura y la conservación del medio ambiente.

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La Comunidad Las Terrazas nos recibió con los brazos abiertos. No pudimos tener mayor privilegio que el de contar con el mejor anfitrión, que más que eso lo sentimos amigo, compañero de viaje y de experiencias. El artista plástico Henry Alomá, geólogo de profesión, no pudo esconder su corazón terracero, y desde su multifacética vida y oficio nos acercó a la historia y valores de la Comunidad.

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Ubicada en el corazón de la Sierra del Rosario (reconocida en el año 1985 como Reserva Mundial de la biosfera por la Unesco), la Comunidad fue encomendada hacia el año 1967 a los arquitectos Mario Girona y Osmany Cienfuegos, quienes desarrollaron para su construcción la técnica de terraceo de montaña. Uno de los principales méritos de esta arquitectura tiene que ver con su sencillez y su integración al paisaje en que se encuentra enclavada. Su término y fundación aconteció hacia el año 1971.

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Poseedora del primer Eco-Museo de Cuba, Las Terrazas ostenta el Premio de Conservación otorgado por la UNESCO. Las características visibles en el paisaje arquitectónico denotan un meticuloso trabajo de preservación, donde existen regulaciones estrictas que prohíben atentar contra su homogeneidad y valores singulares. Esta arquitectura se alza entre una impresionante vegetación donde abundan numerosas especies de animales y plantas endémicos de nuestro país.

Esta comunidad se basa en un modelo de Desarrollo Sostenible. La actividad turística se introduce en la zona a partir del año 1994, con la creación del Complejo Turístico Las Terrazas. Esto es aprovechado de manera ejemplar para la conservación del patrimonio construido, el cuidado del medio ambiente, y para el desarrollo y bienestar de los pobladores locales.

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Nuestro recorrido se inició en casa de Henry Alomá, quien junto a los especialistas del Gabinete de Arqueología del Centro Histórico de La Habana Lisette Roura y Rayden Decoro Campa, nos recibieron y nos acompañaron durante todo el viaje y compartieron conocimientos y experiencias.

A un costado de la Plaza de la Comunidad, centro social, cultural y comercial del lugar, tuvimos una charla aparentemente introductoria pero que terminó siendo profunda e interactiva sobre todos los temas que surgieron relacionados con el sitio. Conocimos acerca de las características de dirección y administración del lugar, su riquísima vida cultural y de cómo se organiza toda la infraestructura de servicios para la población.

Para despertar el cuerpo y prepararnos para lo siguiente, no podía faltar un cafecito en el conocido Café de María, donde la vista inigualable desde el balcón y el sabor delicioso del café le imprimieron un sello único a nuestra visita.

Visitamos también el reconocido mundialmente Restaurante Gourmet “El Romero”, especializado en cocina ecológica, y donde según nos explicó su director Tito Núñez Gudás, la premisa del lugar es la elaboración de alimentos frescos, sanos y orgánicos, para entre otras cosas contribuir a la protección de los animales de la zona.

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Como parte de nuestra ruta arqueológica e histórica, nos trasladamos al antiguo Cafetal Buenavista, con el interés de adentrarnos en la huella cultural dejada por nuestros antepasados. Esta hacienda cafetalera del siglo XIX, construida por inmigrantes franceses en la cima de una elevación, se encuentra rehabilitada y convertida en un restaurante. Recorrimos y profundizamos acerca de restos arqueológicos correspondientes a barracones de esclavos, secaderos y otras instalaciones relacionadas con la producción del café.

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Una de las experiencias más exquisitas del viaje fue la visita al río Bayate. Este es reconocido como el río más caudaloso de la Sierra del Rosario. Allí tuvo lugar nuestro almuerzo-merienda, donde no solo compartimos la comida, sino también el disfrute de adentrarnos en sus frescas aguas. El hallazgo de serpientes y sanguijuelas, hizo sin dudas nuestra tarde mucho más divertida e interesante.

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El antiguo Cafetal San Pedro fue la siguiente parada. Las ruinas del cafetal se muestran resistentes a sus más de 200 años de existencia. Los especialistas del Gabinete de Arqueología que han realizado recientes trabajos arqueológicos, refirieron que este Cafetal fue uno de los más prósperos de la zona. Uno de los resultados más significativos que salieron a la luz a raíz de las excavaciones tiene que ver con las técnicas de terraceo artificial utilizadas en el área de cultivo, lo que resultó ser una ingeniosa solución que favoreció el rendimiento y conservación de la propiedad. A su vez, la investigación comprobó la localización de la casa de vivienda con algunas de sus funciones, el cementerio y otros importantes hallazgos.

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Nuestra jornada transcurrió muy rápido, como todas las cosas buenas, nos dejó deseosos de más y motivados por volver. Nuestro agradecimiento especial al profesor Michael, artífice de esta y de todas las aventuras, quien no solo nos regala viajes increíbles, sino que además nos motiva a jugar a convertirnos en exploradores, arqueólogos y hasta periodistas, a Litzy Baeza, por su generosa contribución para la realización de este viaje, y por supuesto, al anfitrión de lujo que tuvimos, Henry Alomá, que nos brindó su saber y hospitalidad con una amabilidad infinita y desinteresada, la cual esperamos poder retribuir en alguna ocasión no muy lejana.

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